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Al Pie de la Letra
Claudia LarsTestimonio de su tiempo: La historia en la poesía de Claudia Lars
(parte final)

Licda. Carmen González Huguet



Claudia no iba a escribir tomos de teoría económica. No era ese su talante. Nada más lejos de su perfil de entonces (tenía cincuenta y cuatro años cuando este libro salió a la luz) que el comportarse como una agitadora. Pero de ahí a pretender que la suya era “literatura de evasión”, o sugerir que la tenían sin cuidado los hechos históricos que se estaban suscitando entonces, linda con la ceguera o con la mala fe. Al contrario, su visión era muy lúcida. A ella, a quien la violencia no la atraía lo más mínimo, la preocupaba el desenlace de aquellas desigualdades, de esa división “sin balanza”:
“¿Cómo forjar la caída de la infamia
y el día del pan nuestro
sin despliegue de cadáveres?...

Digo que el pan es ayuda de la sangre
y que valiéndonos de sus lentas escalas
al fin hallamos lo divino del cuerpo”.
Y sin embargo, la propuesta de solución de Claudia no es economicista, ni política, sino que parte de su postura radicalmente humana. El pan es, para ella, un símbolo cargado de sentido: la supervivencia, obviamente, el condumio, pero también mucho más: las condiciones básicas de la vida humana digna. Eso que hoy conocemos como derechos humanos y que Alberto Masferrer llamó “Mínimun vital”. Pero como suele suceder en la poesía, el símbolo del pan es plurisignificante. Como pudimos ver, el pan también tiene, como tradicionalmente ha sido, un fuerte significado teológico. Cuestiones que dichas en un ensayo ameritarían páginas y páginas de sesudos argumentos, en virtud de la síntesis poética Claudia las enuncia así, al hablar del pan:
“Ahora es un rebelde,
y va sobre la gente moviendo cartelones.
¿Por qué las desgranadas espigas
apenas redimen la mitad del hambre?

Es justo defenderse
y coronar el pan en sus propios dominios.
Lo que no es justo es escondernos su piedad.
Tal vez los ocultos guardianes de las razas
lo sacaron del sol, para alumbramiento;
tal vez en su materia, candeal y devorada,
sufre y se humilla el inmenso rostro de Dios”.
Y ante la tentación de considerar al arte y a quienes se dedican a él como inútiles, Claudia razona:
“Alguien proclama:
”El lirio no es alimento.

nda por los caminos con sus sedas intactas
y tiene una cabeza de soñador.
Es necesario degollarlo”.

¿Diréis que la calandria es inútil
porque no aprende a denunciar los pecados,
porque canta, siempre, entre sauces del cielo
y no recuerda el jadeo del buey?”.
En una suerte de epifanía, este largo poema termina invocando al “pan repartido”, en la “mesa que congrega conciencias”.
En Fábula de una verdad, Claudia regresa al tema de la historia nacional en el poema La cantora y su pueblo. En él se refiere, como lo hiciera ya en Ciudad bajo mi voz a las culturas precolombinas, y a la herencia cultural española, de la que destaca “este lenguaje de latinas esencias,/humano y encielado en voz y voces”. Habla de la conquista, de la colonia y de la independencia, y resume ese largo periplo de esta manera:
“Palabras y fusiles
desangran cada paso, cada triunfo.
Pierde la alianza salvación y arrimo;
pierde el perdido su delgada antorcha
¡Qué largo aprendizaje!
¡Qué escarpado camino para ciegos!
Fuerzas ocultas, sueltos frenesíes
usurpan a los héroes sus nombres...
Casi desamparados,
con nuestra libertad a la intemperie,
alzamos el esbozo del futuro
desde un mínimo suelo...

Ni próximos eclipses,
ni el rastrero animal de los traidores,
...ni la oquedad del miedo,
ni las voraces manos del que roba
los granos mañaneros
y el trocito de cielo de los pobres;

ni siquiera esta edad de precipicios,
con sus dos grandes ríos antagónicos,
con su amargo gemido perdurable
y sus crecientes odios,
impedirán que hallemos —pueblo mío—
otra vez nuestra torre... ¡De nuevo aquel delirio de campanas
ahuyentando la noche!”.

En la estancia V de Del fino amanecer, dice:
“Ayer conocí el hambre...
Del pecho me quité collar sonante
y el hambre lo cogió con dedos trémulos...
Después corrí como animal herido...
sin explicarme nada, nada, nada,
buscando algún refugio, alguna sombra
para secar mis lágrimas...

Acababa de hallar el mal oculto,
la humildad rencorosa,
esa figura humana caminando
como una bestia sola...”
En 1969, un mes antes de que el hombre llegara a la luna, Claudia publicó Nuestro pulsante mundo. Signado por esa fecha estelar, todo el libro oscila entre el cielo poblado de naves espaciales, y la tierra: la misma tierra de siempre, tan eterna y tan nueva. Los mensajes del cielo y de esta nueva edad son puestos en boca del “Vigilante”, personaje que intercala su voz a la de personajes más “terrenos”. En Simples creadores, Claudia se refiere al misterio de la pareja, tan elemental y eterno. En Juan Silvestre, aparece un personaje muy parecido al Indio Cruz, en Prisioneros, muestra su rostro el preso político. Seres de los años 60 cruzan por esos poemas: el muchacho hippie, en brazos del LSD; la perrita Laika, los cosmonautas Tereshkova y Komarov; los astronautas Grissom, White y Chafee, víctimas del primer desastre de la era espacial, cuando se incendió el Apolo I; la luna; el robot, prefigurado en el Gólem; su sobrino Max: el “Super infante”; la Nueva Mujer, rebelándose contra sus roles ancestrales; Tres Hombres: el amarillo, despedazándose en plena guerra de Vietnam; el negro, transformando su realidad en medio del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos; y el “anciano hecho de barro/y de jade íntimo”, que se aleja, “descalzo”. Este, su libro menos comprendido y querido por los críticos, es, sin embargo, uno de los que mejor evidencian que Claudia asistía como testigo interesado a los grandes cambios que, para ella, implicaba el advenimiento de lo que llamó “la Nueva Edad”
. Poesía última apareció el 18 de noviembre de 1975. Claudia había fallecido el 22 de julio de 1974. Muchos de los poemas aparecieron en Apuntes, en sus Obras escogidas. Algunos tienen fecha, pero es difícil determinar cuándo exactamente fueron escritos los demás. Es probable que su redacción haya ocurrido entre 1972 y 1974. En esta época ya había comenzado la violencia política en El Salvador. La actitud de esos últimos poemas oscila entre la denuncia y la autocrítica. En Migajas, escribió:
“Como poeta ciego,
canté mi ensueño, mi albergue,
mi amistad y mis lágrimas
¿Pero a quién le importaba,
realmente,
el mínimo “yo”?

Vi a los enmascarados
arrojando la verdad en un pozo.
Cuando empecé a llorar por ella
la encontré en todas partes...
Tarde sentí el paso de los rebeldes
y el vivo entierro de cualquier cárcel.
Hoy me avergüenzan los años deshechos
en el cómodo albergue
de los sordos.

Ni me sobran vinos
ni me faltan viandas
pero comer entre hambrientos y golosos
es pedir que nos odien
estos y aquéllos...

No quiero envejecer limpiando retratos
o escribiendo los mismos versos
para la rosa y la calandria.
Aunque me siento más antigua que la Biblia
tal vez pueda repicar
una campana.

Tata Justo, el indígena,
quedó sembrado entre balas y maldiciones.
Creo que de sus huesos va brotando
un nuevo maíz.

Herido por ametralladoras
el inocente olvidaba su espanto
en ataúd modesto.
Contemplándolo perdí para siempre
mi infancia de setenta años...”
Otros textos de Poesía última abordan la denuncia desde un lenguaje mucho más denotativo que el que venía usando en libros anteriores, como en Fuerteza, donde cobran existencia poética los habitantes de la más extensa zona marginal de San Salvador. A lo largo de una obra torrencial e intensa, Claudia nos legó una mirada lúcida y penetrante de la sociedad y el tiempo en los que le tocó vivir. Y lo hizo desde su específica vocación: escritora, voz poética ante todo. Su propuesta parte de esa radical asunción del propio talante. Supo hacerlo, además, sin traicionar su compromiso fundamental con dicha vocación: el de una búsqueda constante de la excelencia.


Licda. Carmen González Huguet
carmengonzalezh@yahoo.com






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