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Al Pie de la Letra


Antigua calle Rubén Darío,
San Salvador (1934)
CIUDAD NOSTALGIA
Por: Licda. Carmen González Huguet


Mi mamá fue la primera persona de mi familia que nació en San Salvador. Mi abuela materna y mi tía Julia habían venido al mundo en Suchitoto, la ciudad natal de mi bisabuelo, Antonio Peña Martell, de mi bisabuela, Carmen Cañas, y de mis tías Mercedes, Chabela y Cristina. Mi madre, en cambio, nació en una casa contigua al viejo cine Principal. Ambos ocupaban el actual predio de la Lotería Nacional.

En esa época no había muchas diversiones. San Salvador era una ciudad muy pequeña, que apenas tenía cien mil habitantes, y cuyos entretenimientos eran bastante pueblerinos. Paseos obligados eran la visita a los Monumentos que se levantaban (y aún se levantan) en las iglesias para la Semana Santa. Entonces las segunda catedral y las iglesias de La Vega, La Merced y San Esteban todavía alzaban sus torres airosas.

Las fiestas de los barrios tenían un esplendor que desapareció con ellas. Hoy los barrios están integrados en el todo indiferenciado de la fiesta de agosto, pero su vitalidad y alegría murió en el mismo polvo ceniciento que ha ido sepultando las viejas casas de lámina. Parte obligada de las fiestas eran las carreras de cintas y de patos. Afortunadamente desaparecieron. Aparte del riesgo de romperse la crisma que corrían los jinetes, eran espectáculos crueles y salvajes.

Desde su introducción en nuestro país a principios del siglo XX, el cine fue un entretenimiento muy gustado. A veces venía una sola película en todo el mes, y se exhibía en el mencionado cine Principal, o en el Teatro Colón, cuya puerta se miraba de tú a tú con la del Palacio Nacional, al otro lado del Parque Bolívar, hoy Plaza Cívica, donde ya se levantaba la estatua verdosa de Gerardo Barrios, saludando eternamente desde su caballo.

En el Colón (el Teatro Nacional se quemó en un incendio y fue reconstruido años después) igual se presentaban funciones de cine que de los más variados artistas: cantantes de ópera, comedias, volatines o acróbatas japoneses. Una película era un acontecimiento profusamente celebrado por los diarios. Los capitalinos adoraban el cine, y se agolpaban para ver las hilarantes películas mudas, amenizadas con improvisados conciertos de marimba.

Masferrer ha dejado constancia en Una vida en el cine, de este entretenimiento popular. Igual ha hecho Salarrué. En sus Cuentos de cipotes habla de los inmortales Stan Laurel y Oliver Hardy. Antes del cine, sin embargo, el entretenimiento principal era el paseo por el parque, bien en el mencionado Parque Bolívar, que no es el actual, como dijimos, o el Parque Dueñas, hoy Plaza Libertad.

En estos lugares tocaba la famosa Banda de los Supremos Poderes, la cual amenizaba con fox-trotes, marchas y valses el paseo de mayores y jóvenes. Estos aprovechaban la ocasión para cortejar a las elegidas de sus corazones en forma probablemente mucho más romántica que hoy día.

Siempre fueron populares los sitios donde degustar un postre o un refresco: El buen gusto, de Bengoa, la Atiocoyo, o mucho más recientemente, el Sorbelandia, el Bruno Verry, o de perdida, la fuente de sodas de la Farmacia Central. Ahora los parques no son lugar propicio al amor, sino para perder la cartera y otras cosas, las carreras de cintas dieron paso a "diversiones" mortales y las bandas regimentales cedieron a sonidos aun más estridentes.

Tal como dijo Serrat, heridos de muerte como King Kong, los cines fueron demolidos o convertidos en templos evangélicos, ventas de repuestos y supermercados.

A estas alturas, ¿cómo le digo a mi mamá, que naciera al lado de un cine, que el Apolo, esa maravilla del Art Deco donde ella recibiera su título de Secretaria hace cincuenta años, yace en el abandono, sólo esperando el golpe de gracia de una decadencia inexorable?




Licda. Carmen González Huguet
carmengonzalezh@yahoo.com






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