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Al Pie de la Letra

David Escobar Galindo, es uno de los poetas salvadoreños más lúcidos y discutidos de la actualidad.
Presentación de El Jardín Sumergido de David Escobar Galindo
Por: Licda. Carmen González Huguet


Gloria de la literatura italiana, e hijo de la feliz confluencia de ésta con la lírica provenzal, el soneto es una de las formas métricas más longevas y lozanas de la poesía europea. Transplantada con éxito a las principales lenguas, en castellano ha dado algunas de sus más bellas flores: baste recordar los sonetos de Quevedo, que a cuatro siglos de distancia nos aleccionan sobre lo transitorio y vulnerable de la vida humana, así como sus sonetos de amor nos enseñan que el sentimiento es eterno, pero el amante es mortal.

Algo tiene esa cárcel de catorce barrotes horizontales, cada uno de once sílabas, que la hacen tan apropiada para contener las vicisitudes más gozosas y más sufrientes de la humanidad. Algo hay de mágico también en la inquebrantable música derramada por sus inclementes y férreas rimas consonantes, tanto en los disciplinados cuartetos, como en la libertad relativa de los tercetos.

Ya hacía mención a la versatilidad del soneto el ilustre Dámaso Alonso en su conocido elogio de esta forma métrica, y lo decía desde su doble autoridad de académico estudioso de la literatura española y de muy capaz sonetista. Cuánto debemos a Dámaso Alonso para la comprensión de Góngora, cuánta luz y sabiduría en sus páginas sobre nuestra literatura. Por otra parte, no es lo mismo hablar en el vacío que hacerlo con conocimiento de causa, y don Dámaso sabía de lo que estaba hablando al elogiar al soneto, porque en él había vertido, con no escasa fortuna, esos materiales esencialmente líricos que son el amor y la muerte.

Este libro trata, sobre todo, del amor. Aunque la muerte no está ausente tampoco. Nunca lo está de la vida. Pero más que la muerte, el poeta nos habla del sentido de esa vida, de lo que la vuelve sagrada y la orienta a un fin trascendente, que no puede ser otro, en última instancia, que el amor.

En la intensa "Primera confesión", que abre el libro, el poeta ha encontrado una interlocutora. No es una interlocutora común y corriente: es la definitiva, y la definitoria. Nos definimos contra, y gracias, a los otros, a los que no somos. Próxima y distinta, es ella quien da al poeta, al fin, las líneas de un rostro perseguido y borrado, una y otra vez, en la arena de las playas del tiempo:

Primera confesión

Para acercarme a tus manos tengo que inventar un jardín.
Eso lo supe desde un instante muy remoto en el tiempo:
Cuando nos descubrimos aquella tarde en el cristal de Alejandría.
No sé si yo era real, pero tú acababas de revivirme en tu memoria,
Y eso bastó para que la noche se incorporara de sí misma con rumor de destino,
aleteando entre las sombras de los semidioses complacientes.

Tú, la muchacha descalza, caminabas contra mi pecho;
Y al tocar con tu energía fabulosa el río de mi piel,
Me convertiste en vapor excelente y cobarde,
Cruzaste por mis membranas como por una Vía Láctea fecunda y fantasmal,
Te deslizaste con sigilo sutil bajo mis genitales venturosos,
Y seguiste adelante, por esa ruta fácil donde ya para siempre debía transitarte,
De seguro marcado por la respiración del poema recóndito.

Los siglos son hisopos obedientes desde aquel atardecer.
Los milenios resplandecen como las ajorcas de tu misterio imaginado.
Si tuviera que describir esa ilusión feliz tendría al final que desprenderme
De todos los orgasmos de la fantasía, y quedarme solo y desnudo,
Transfigurándome en un profeta más poderoso que su Dios.

¡Y esas son las demasías que mi condición de obrero transpirante no permite!

Después, llegaron las épocas del éxodo.
Tuve que huir hacia el futuro para alcanzar tu palidez,
Reclinándome cada primavera en el dilema de estar vivo.
Las puertas infinitas de la mar océana me acogieron como al hijo pródigo.
Desembarqué cien veces en el viejo muelle del presentimiento,
En busca de otra ciudad como la nuestra, con sus espejos y sus travesaños.
Pero todos los veleros me llevaban de vuelta hacia la soledad,
En un círculo atormentado por las celestes recriminaciones.
Si soy humano, el fuego cumple en mí su cruzada contra los nómadas arcángeles.
Si soy divino, la armonía feroz asume la tarea de derrotar mis sueños húmedos.

Continuará el próximo mes...




Licda. Carmen González Huguet
carmengonzalezh@yahoo.com






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