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Al Pie de la Letra

David Escobar Galindo, es uno de los poetas salvadoreños más lúcidos y discutidos de la actualidad.
Presentación de El Jardín Sumergido de David Escobar Galindo (Parte II)
Por: Licda. Carmen González Huguet



Primera Confesión (continuación...)

Te perseguí después, como un celoso perro metafísico,

por las callejuelas de todos los puertos de la posteridad,

viendo y sintiendo, por mi propia experiencia acumulada,

que las palabras nuevas despiertan al día siguiente convertidas en máscaras,

y que el futuro que adoramos con tantos míticos encajes

se convierte en reliquia día tras día, noche tras noche,

hasta el final de los tiempos que es cada uno de nosotros.

Desde Corinto hasta Nápoles, navegando entre perfectas suciedades;

desde Esmirna hasta Nueva York, sostenido por la mano genial de la tormenta,

le pregunté a cuanto transeúnte emergió de las brumas:

¿has visto a la muchacha descalza de los aromas milenarios?

y nadie me dio razón de ti, hasta que fui resucitado por la alada sospecha.

Aquella tarde penetraste en mi mundo ciego y desconocido,

ése que está detrás de la iluminación de la conciencia.

Entonces, un soñoliento desatino me hizo hablar en confianza con las potencias del instinto,

y ya todo recuperó la nitidez de las nostalgias pitagóricas,

cuando memorizaba los números celestes frente al ventanal que daba al desvelado mar de las sirenas.

Regresé por ahí a las jornadas escritas en el friso insondable,

me comí crudas otra vez las provisiones del viaje circular,

y ya podía descansar unos instantes para sentirme dueño del paraíso próximo,

y ahí tener tus manos brotando de mis manos

en el perpetuo rito semejante al amor, semejante a la muerte.

Nada hay en este poema que nos permita opinar que su autor es un hombre apolíneo, o peor, frío. El desgarrón emotivo, del que hablaban en su momento Dámaso Alonso y Carlos Bousoño, recorre el poema de principio a fin. Y si es verdad que el concepto intelectivo llega a alturas o a profundidades inéditas, también lo es que lo logra en virtud de su muy humana y estremecida emoción. Esa emoción que intenta, con mayor o menor fortuna, transmitir cada poeta, y que empuja esa "violencia contra el idioma", esa patología del lenguaje, que es la poesía.

Pero la emoción, y vuelvo a Dámaso Alonso, es necesaria pero no suficiente para realizar el milagro de la poesía. Ante todo, el poema, nos enseña el docto profesor, es un hecho lingüístico. Miembro de una generación privilegiada por el talento y estigmatizada por la guerra civil, Dámaso Alonso contó entre sus amigos a otros grandes artífices del soneto. Federico García Lorca, en la última etapa de su obra, nos legó sus admirables "Sonetos del amor oscuro" y Rafael Alberti, el benjamín del grupo, fue artífice de los célebres "Sonetos corporales" de "Entre el clavel y la espada"

En El Salvador hemos tenido la fortuna de contar con verdaderos virtuosos del soneto. Al decir esto, pienso en don Francisco Gavidia y en aquel poema suyo que comienza "Cómo el ardor del entusiasmo engaña". Este soneto, que David ha glosado con indecible maestría, parece escrito para este El Salvador, tierra convulsa, como en otra parte lo llamó el poeta. La glosa culmina con el último verso del migueleño inmortal, y en ella, como en el poema que le da origen, sopla un viento desolado, condenado a llevarse el polvo que somos:

Glosa

Me detengo en el centro del eriazo
y alrededor el aire se acongoja.
El viento, que desprende hoja por hoja,
deja en la última luz su cordonazo.

La noche horizontal extiende el brazo
y en la fuente de luz los dedos moja.
Luego todas las luces desaloja,
mientras al sueño se le cumple el plazo.

Es secreto el pavor de hallarse en vida
y en la cumbre del valle sin salida,
con la inutilidad de un sol vacío.

Y acribillado de pavor secreto
-como Gavidia en su estelar soneto-,
ya es tiempo de gritar: ¡Valor, Dios mío!

La glosa, forma poética difícil, si las hay, ha sido poco cultivada, tanto en la poesía castellana como en la salvadoreña. El reto estilístico de terminar un soneto propio con el verso final de un soneto ajeno es grande. Precisamente porque el verso final de un soneto es el cierre supremo. De ese último verso depende que el poema cuaje o se venga abajo. Y David, como heredero de una rica tradición poética, lo sabe.

Continuará el próximo mes...




Licda. Carmen González Huguet
carmengonzalezh@yahoo.com






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