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Al Pie de la Letra

David Escobar Galindo, es uno de los poetas salvadoreños más lúcidos y discutidos de la actualidad.
Presentación de El Jardín Sumergido de David Escobar Galindo (Parte III)
Por: Licda. Carmen González Huguet

Cultivadores del soneto de alta calidad han abundado entre nosotros. Al decirlo, pienso en Raúl Contreras, y en su Lidia Nogales, en Hugo Lindo, Pedro Geoffroy Rivas, Serafín Quiteño, Claudia Lars, Elisa Huezo Paredes y más recientemente, en Rolando Elías, de tan grata memoria, y en María Cristina Orantes.

David ha sabido hacerse digno de dicha herencia al dedicar sus mejores energías y su disciplinado esfuerzo a la construcción de esas sonoras cárceles de la poesía. En este libro, "El jardín sumergido", el soneto es privilegiada vía de expresión para el río de esta voz poética:

Hora prima

Despierto con las venas fatigadas
Después de navegar entre dos mundos:
El de los pensamientos más profundos,
El de las fantasías más alzadas.

De los siglos de voces olvidadas
Derivé a los frenéticos segundos.
Y el puente eran mis sueños pudibundos,
Y el río eran mis ansias desatadas.

No sé si despertar me reconforta
O si -al contrario- me hunde en el asombro
De estar aquí, en indefensión ilusa.

Yo sólo sé que en mi experiencia absorta
Toda renuncia es prematuro escombro,
Toda conquista es ráfaga inconclusa.

En esa cofradía del soneto, el poeta está bien acompañado. Y él lo sabe y lo da a conocer en un soneto precisamente titulado así, por el que desfilan Rubén Darío, Antonio Machado, Pablo Neruda, César Vallejo, Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez, todos excelsos cultivadores de esta forma, navegando en un barco destinado a encallar en las nubes:

La cofradía

Un barco azul, como Rubén diría,
Como Rubén alcohólico y sufriente.
Un pino fiel, como Machado ausente
Pondría acaso en tímida elegía.

Como Neruda ante la mar sombría,
Queriendo estar erguido en la rompiente.
Como quizás el cholo en el relente
De un París monseñor de su agonía.

Desnudo como Lorca bajo el Arco
De Elvira, entre racimos de miradas.
Y como Juan Ramón, íngrimo y parco.

Un barco azul, invento de las hadas.
Y todos juntos en el mismo barco
Sobre un mar de recónditas almohadas.

Pero en este soneto desfilan sólo los poetas hombres. Hay una presencia femenina, sin embargo, flotando en medio de estas letras. Y no me refiero únicamente a la figura de la musa del poeta, la inspiradora de estos jardines, sino a una señora muy señora, que peina canas y es dueña de una voz tan grata como su nombre: Dulce María Loynaz. La poetisa, que según Fernández Retamar, encarna a la patria, vivió por años en su Cuba natal, al margen de la revolución y de las mezquindades de la vida, dedicada a forjar una obra inmortal. Nonagenaria recibió el premio Cervantes. Es a ella a quien el poeta se refiere:

La Resucitada

A Miguel Barnet,
Que me trajo de nuevo
A Dulce María Loynaz

La dama estaba allí, entre los leones
De su mansión acaso imaginada.
Era quizás la imagen más sagrada
De todas esas áureas invenciones.

Se cerraron un día sus salones,
Porque bastaba sólo su mirada
Para que se quedaran a la entrada
Revoluciones y revelaciones.

Estuvo aquí la dama, reposando
Como después de un viaje fatigoso,
Como en la víspera de un nuevo viaje.

Sonreía tal vez sin saber cuándo.
Y pudo más la sien de su reposo
Que toda la agonía del oleaje.


Continuará el próximo mes...



Licda. Carmen González Huguet
carmengonzalezh@yahoo.com






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