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El Gallo Viudo

El Gallo Viudo

Muy a propósito de nuestros salvadoreñismos, en esta edición, incluimos una excelente literatura que ilustrará muy bien lo que deseamos compartir con las generaciones internas y externas... lejanas y cercanas... poseedoras de esa riqueza cultural que nos caracteriza.

Serie: Perfiles "El gallo viudo"
Francisco Andrés Escobar

Se reproduce con permiso de su autor. Fuente: publicado en La Prensa Gráfica, 2 de noviembre de 2002
"¡Maten a ese hij... Nos tiene en jaque a todos, y hasta les puede sacar un ojo a alguno de los cipotes!"

"¡Zámpenle una pedrada, para que deje de picar a la gente!" "¡¡Háganlo en chicha!!" Y las recomendaciones engordaban.
Y es que el gallo tenía abatidas a toda la casa y a la mitad del vecindario. "Este animal, gallina quiere", sentenciaban unos y canturreaban: "Yo soy el gallo viudo, me quedé sin mi mujer" Pero no. El gallo estaba eróticamente a gusto. Sin embargo, tenía una necesidad imperiosa de fastidiar vidas ajenas. Si pasaba un hombre, el gallo le daba alcance y procedía con chuzazos sobre los zapatos. Si era una muchacha, el animal corría a piquetearle las piernas. "¡La Virginia ha tenido que usar venda, porque el imbécil le destripó una chira, de un picotazo!" La picada de una araña se le había convertido a la muchacha en una buba rojiza con un punto blanquinegro en el centro. Y justo allí, el gallo había ido a hincar el pico, con una violencia asesina. "¡Semejante c... A una no la deja ni pasar!" Y es que el animal salía al atajo, por todos lados. Si la señora Isa iba hacia la calle, él se adelantaba a poner su retén; si doña Ana, una hermana de la señora Isa, rumbeaba hacia los cuartos interiores, él se escondía por allí y, al pasar, la embestía, pico en ristre; si un cliente transitaba por entre las mesas, él tomaba velocidad de correcaminos y procedía al asedio, a pico limpio.

Cuando doña Marta, la otra hermana de la señora Isa, se remolía buscando airada sus pantalonetas, también se topaba con alguna atrocidad del malévolo. "¡Yo no sé quien fue la malvada que aventó mi 'chor' sobre esa pita! El animal se encaramó, y me lo ha ensuciado todo. Y es que este pendejo está loco. ¡No duerme! Cuando me levanto a hacer pipí a medianoche, allí anda él en el corredor, cazando grillos" Y era cierto. El animal padecía un insomnio ingobernable. Ya lo sufría, cuando llegó al comedor de la señora Isa, el "San Judas"

Lo llevó don Rigo, el esposo de la señora, cuando volvió de vender colchonetas por las orillas de la ciudad. "¡Mirá: me han regalado esta gallina chele!" Y la tiró al patio. Y es que al principio creyeron que era gallina; pero pasados los días el ave sacó cresta, soltó un quiquiriquí medio atorado, y buscó víctima para injuriarla. La halló en una chucha parturienta. Pero la animala le asomó los colmillos, y el emplumado dejó su propósito siniestro. Ni a la perra, ni al chucho incestuoso que la cortejaba, osó fastidiarlos más. Enfiló contra la gente.

Solo al molinero vecino, no lo agredía. "¡Véngache payaca, Cornelio!" -porque hasta nombre le había puesto-. Y el hombre lo frotaba con el bigote, y le daba de beber agua en la boca. "¡Maitro más chuco. Accidente le va a dar!" "¡es que don Evaristo y Cornelio son iguales de jodidos!" Pero no. El molinero -salvo dos que tres agarres y amases- era un célibe paciente y Svirtuosos.

Cornelio terminó mal sus días. Un camión lo embistió mientras cruzaba la calle en procura de víctimas. Cuando aquel domingo doña Ana volvió de una excursión, indagó: "¿y el mentado gallo, dónde está que no se le mira?" Entonces supo que el animalito se había ido; que ya no picotearía a nadie; que la señora Isa ya no huiría de él, despavorida, a encaramarse sobre las mesas. El gallo ahora quizás taloneaba, pico en punta, a los ángeles emplumados de algún cielo misterioso.

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Licda. Roxana Sánchez Molina
roxana_pixelescuscatlecos@saltel.net










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