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Ruinas de El Tikal, Guatemala.Tikal: Viaje al corazón de las raíces

Por: Licda. Carmen González Huguet
Fotografías: Lic. Boris Barraza


"El verdadero viaje Es el que emprendes al corazón de ti mismo" Rainer María Rilke.

Para Francisco Alejandro Méndez, por las raíces compartidas.

Habíamos quedado de reunirnos antes de las cuatro y media de la madrugada en la entrada de la Universidad Matías Delgado para salir a más tardar a las cinco. En efecto: luego de contarlos a todos y volverlos a contar, establecimos el quórum y subimos al bus. Arrancamos. En tanto, recomendaciones, instrucciones, comprobar que todos llevaran los documentos en regla, preguntas, respuestas. La mitad están más dormidos que despiertos. Entre hacer maletas y hablar paja, los que se quedaron en casa de algún chero no durmieron nada, y tratan de recuperar el sueño con la cabeza apoyada sobre el hombro del compañero de asiento.

  Balneario Los ChorrosA la altura de Los Chorros hay neblina. El cielo está blanco. Aún no sale el sol, pero el tráfico en la carretera a Santa Ana es como siempre: caótico y endiablado. En Unicentro Lourdes se sube Karla Díaz. En Santa Ana nos espera otra de las muchachas. Seguimos de largo por la nueva calle, que sólo bordea la ciudad y no se mete al nudo de calles de un solo sentido, cada vez más enredado. Mi guía Michelin de Guate, con buenas fotos y mapas, aunque en francés, es un éxito. Recorre el bus de punta a punta. El masoquismo salvadoreño hace que corroboremos una y otra vez el recorrido: es más largo que un dolor de muelas. Nos separan más de 600 Kms de Tikal. Sólo hasta la frontera de Anguiatú hay 160 largos. Dejamos atrás Texistepeque descabezando un sueño. En Metapán, parada obligada en una gasolinera para que todo el regimiento pase al baño.

  De Metapán en adelante, el camino sube interminablemente. Aparece un casete de salsa. Bailes en el pasillo, mecidos por las sucesivas curvas y contracurvas. El sol pone pinceladas amarillas en las hojas de los árboles a la vera del camino. Hace hambre. Ethelia saca el queso. Marta ha traído un termo de café que sabe a gloria. Abro la bolsa del pan baguette y una lata de aceitunas. La salsa termina y da paso al radio. "We are an american band". Grand Funk suena cada vez mejor. Filas de tráileres anuncian Anguiatú. Órdenes terminantes: en la frontera no cambiar dólares, no bajar del bus, no fumar. Trifulca con los cambia-dólares que no se dan por enterados de la negativa y se quieren subir al bus con la diplomacia y el tacto que nos caracteriza a los salvadoreños en todos lados. Ya van tres horas desde el territorio municipal de Antiguo Cuscatlán y falta lo mejor. A este paso, dudo que estemos en Río Dulce antes de la una. Aparece un casete de los Fabulosos Cadillacs. Los metales y la percusión de "Matador" retumban en el interior del bus. Sara Robles trata de dormir con la almohada apoyada en la ventanilla. Boris y Ethelia leen, con éxito, sendos libros en medio del relajo.

  Quirigua, Estela A - DetallePor fin -gracias, Dios mío- salimos de Anguiatú a las nueve menos cinco. El camino sube, sube, interminablemente. Avanza el bus con jadeante y valeroso esfuerzo. Pasamos Chiquimula sin internarnos. A las diez y veinte en Zacapa se organiza otra cola para ir al baño. Entramos al valle del Motagua, y el cambio se siente, sobre todo en el calor húmedo. El paisaje va cambiando. Una repentina lluvia nos rodea, pero nadie cierra las ventanas, porque el aire es sofocante. Descabezo un sueño intermitente. Diez a las once pasamos el letrero verde que dice: Río Hondo. Sara Robles, irremediablemente dominicana ella, me trae su CD player y compartimos la "Colección romántica" de Juan Luis Guerra. Por fin, en tiempo récord, llegamos a las doce y media a Río Dulce. El puente de concreto describe su bella parábola sobre el brazo de agua donde el lago de Izabal se derrama incansablemente hacia el Atlántico y sus turbulencias.

  Nos posesionamos del Ranchón Mary. Un hombre al que le falta el brazo izquierdo está pintando el rótulo en el muro de la entrada. Grandes letras rojas. Me llama la atención porque tiene un pulso certero con el pincel fino, que ya quisieran para sí muchos pintores. Bajamos del bus y nos cuesta estirar las piernas. No en balde han sido más de siete horas de bus. Pedimos sendos "tapados" (sopa de mariscos, sazonada con coco y plátano verde, que incluye un pescado frito al lado, riquísimo todo) y cervezas. Porque, huelga decirlo, comer mariscos con gaseosa como que no contiene. Comemos con apetito. Dos alumnas le han traído a Ethelia un pastel. En efecto: hoy, día de San Francisco de Asís, está cumpliendo años. Lo mismo que mi hermana Gloria y que el rector, David Escobar Galindo, que no en balde se llama José David Francisco. Le cantamos el "Sapo verde" y comemos pastel. Pastel con cerveza tampoco contiene, pero qué importa. Volvemos al bus. El parqueo está alfombrado de trozos de la misma piedra caliza que encontraremos en Tikal y Quiriguá. O tal vez no, mis conocimientos de Geología son dolorosamente escasos. Pero es una hermosa piedra lechosa, con vetas rojizas. Tiene al tacto la misma textura de jabón del mármol.

  Tikal, pirámide gemela - Complejo QArrancamos y nos detenemos casi enseguida. ¿Qué tan seguro es un bus en medio del puente? En El Salvador nos hubieran silbado "la vieja", mínimo. Aquí los chapines, comprensivos, no nos dicen nada. Los muchachos se bajan a tomar fotos. Nadie puede culparlos: a ambos lados la vista es magnífica. Por el sur se abre el lago de Izabal, con sus aguas verde jade. Al norte, el río en busca del mar ha formado una isla de sedimentos milenarios cubierta de vegetación y pájaros. Bandadas de garzas, blancas como la espuma invisible del río, se posan y alzan el vuelo intermitentemente. En la orilla, un horizonte erizado de mástiles de veleros nos cierra la vista como un bosque blanco. Volvemos al bus y de nuevo a la tortura de las horas interminables de rodar carretera. Sara Robles ha convencido al motorista, un hombre de buen talante, de poner el CD del "Niágara en bicicleta", de Juan Luis Guerra. El merengue y la bachata nos aligeran el camino hasta el puesto de control de la mosca del mediterráneo. Mientras los técnicos se suben al bus a buscar frutas prohibidas (no, no son las manzanas del bien y del mal que dice Sabina; qué lástima), Boris se come un racimo de uvas (y no es 31 de diciembre) y los demás agotan las provisiones de manzanas y melocotones. Aprovechando, los apurados forman nueva fila para ir al baño.

  Estamos en el trópico. Por si alguien lo duda, a ambos lados del camino se percibe la humedad y el calor. Y el verde; aunque a decir verdad, mucho menos de lo esperado. Es evidente que el hacha de los depredadores del medio ambiente (y de los campesinos sin tierra, que por desgracia en muchas ocasiones es la misma, pero no siempre) llegó hace rato al Petén para quedarse. Aquí y allá, árboles solitarios. Hermosas ceibas centenarias, únicas sobrevivientes de la masacre. O palmas de coyol, que para mí tienen, en la memoria, un lazo inconfundible con los olores del Domingo de Ramos. De vez en cuando las pedreras muestran el costillar de piedra caliza que se esconde bajo la piel y la carne verdes del Petén. Dejamos atrás Poptún y Dolores. La carretera ha descrito una U mayúscula en torno a una pista de aterrizaje solitaria. No es negra, como las de asfalto; ni blanca, como las de concreto, que conocemos en El Salvador. Tiene, en cambio, un indefinible tono gris: ¿asfalto y piedra caliza? Quién sabe. Eso sí, la suya es la lisura perfecta de una pista de hielo. El viaje, voy aprendiendo, abre más interrogantes y no da muchas respuestas. El sol no brilla, oculto tras una gruesa cortina de nubes. Sin embargo, el aire es ardiente como en un baño sauna.

  Isla en Río Dulce, GuatemalaLlegamos, por fin, casi a las seis de la tarde, a Santa Elena. Más que una ciudad, parece un campamento de emergencia levantado a la orilla de la lámina gris del lago. Un brazo de carretera la une con la menuda isla de Flores. Aterrizamos en el vestíbulo del hotel con aspecto de náufragos. La tarde cae rápidamente y en pocos minutos cierra la noche. Bajamos las maletas y nos damos un merecido y necesario baño. Vana esperanza. La frescura del agua se evapora en un dos por tres y se une al calor pegajoso. A pesar de la noche, no refresca. Ni una brizna de viento de consolación mueve las hojas. Sacamos las provisiones y las botellas de vino para la celebración del cumpleaños de Ethelia. En nuestra habitación se reúnen Martita y sus amigas, Boris, la homenajeada y yo. Brindamos. Comemos pan con aceitunas, queso y jamón. Después, cediendo a la moción unánime de los muchachos, nos vamos a pie hasta Flores, buscando una discoteca inexistente. La arquitectura de Flores es caótica, lo mismo que el trazo de sus calles, que indefectiblemente acaban en las aguas del lago. Perdidos en el laberinto de callejones y tiendas de artesanía, damos involuntariamente con la cancha de básquetbol, la gobernación y la iglesia. Una iglesia blanca, más bien feíta, sobre todo después de haber visto las de Antigua. A pesar de todo, Boris se empecina en tomarle fotos, con la cámara montada en el trípode. Un PNC se acerca de metido. Le saca plática. Y a pesar suyo, se le cuela en la última foto. Terminamos aterrizando en un lugar llamado "El super tarro". Un chupadero con ínfulas de discoteca. Al fin y al cabo, lo que quieren es bailar. Ethelia, Marta y las demás mujeres chaperoneamos a algunas muchachas que se quedan en las mesas. Por turnos, se van a bailar, y regresan a sentarse cuando están cansadas. Más allá, los muchachos fuman y toman cerveza. La segregación de siempre: los hombres sentados, bebiendo por su cuenta, y ellas bailando o platicando con sus amigas. Pocos son los que rompen el cerco voluntariamente alzado. Las voces de las Ketchup, entonando la inteligentísima letra de "Aserejé", llenan el aire. Las muchachas siguen el ritmo con el bailecito absurdo de las chicas españolas.

Tikal: Viaje al corazón de las raíces (2nda. parte)




Licda. Carmen González Huguet
carmengonzalezh@yahoo.com









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