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Ruinas de El Tikal, Guatemala.Tikal: Viaje al corazón de las raíces
(Segunda parte)

Por: Licda. Carmen González Huguet
Fotografías: Lic. Boris Barraza


"El verdadero viaje es el que emprendes al corazón de ti mismo".
- Rainer María Rilke.


Para Francisco Alejandro Méndez, por las raíces compartidas.

A las doce nos vamos. Hay que arrancarlos a la fuerza, como una muela rebelde. Un incidente desafortunado con una de las meseras somete a toda la tribu a la vergüenza de que nos acusen de irnos sin pagar. El asunto se soluciona, como es costumbre, después de infinitas reticencias mutuas y mucho discutir. Avanzamos como procesión en medio de la calle que bordea el lago. Los trasnochadores cubren de piropos a las muchachas. En la superficie negra brillan las luces de Flores y del hotel Petén Espléndido, este último completamente fuera del alcance de nuestros bolsillos. Por fin alcanzamos nuestro changarro. Caemos a las camas del hotel como sacos de piedras. Al día siguiente nos tocan diana a las seis. Comemos frijoles negros volteados, típicos del desayuno chapín, plátanos, queso, crema, huevos, café con leche. La señora de Mottola canta, con su voz chillona y nasal de siempre, desde el televisor que domina el comedero del hotel. A las ocho, milagrosamente, estamos todos bañados, vestidos, desayunados y listos en el bus. Enfilamos hacia Tikal. La fatiga noquea a la mayoría, que se queja de los pies doloridos tras la bailada de la víspera. Y lo que les espera. Al llegar, Ethelia, Marta y yo buscamos al administrador. Nos recibe amablemente. Por fortuna, las gestiones entre las Direcciones de Patrimonio de los dos países han dado resultado y nos está esperando. Hotel Petén EspléndidoQuedamos eximidos del pago de la entrada. Conseguimos un guía, Estuardo, quien comienza a explicar y entregar datos. Nos salen al encuentro los pavos peteneros y los pizotes. Al principio, estos últimos son un encanto. Después no sabemos qué hacer para que nos dejen en paz. Vemos los complejos Q y R, cortamos camino por un atajo y nos acercamos al Templo IV.

Al empezar la caminata bañamos a todos los muchachos de repelente contra insectos y los prevenidos cargan agua y comida. Mi mochila pesa cincuenta libras, pero sé que en poco tiempo se aligerará. Así es. Pero mientras tanto, sudo y jadeo como un chancho. Hacemos una parada al pie del Templo IV. Uno de los muchachos, Eduardo se ha retrasado con un par de amigos, que le ayudan. Ha improvisado un bastón con una rama porque las rodillas, completamente hinchadas, no lo dejan dar un paso. Hacemos un descanso. Mi acrofobia me prohíbe subir a las estructuras más altas. Pero los demás, hasta Ethelia, una vez recobrado el aliento suben por las escaleras de madera habilitadas para tal fin. Dicen que la vista es imponente. Yo me quedo con Eduardo, el de las rodillas inflamadas, y los pizotes. Avanzamos hasta el Mundo Perdido, un complejo arquitectónico anexo. A cada paso, explicaciones de Estuardo. "¿Cómo hicieron para construir una ciudad en medio de la selva?" pregunta Ethelia. "Es que en esa época no había selva", explica Estuardo. "¿Y por qué construirla aquí y no en otro lado?", pregunto yo. "Por las canteras" -responde-: "La piedra para templos y pirámides está al alcance de la mano. "¿Y el agua?", insisto. "Porque cerca de Tikal no hay ríos. Y el lago de Petén en su punto más cercano -El Remate- está a treinta kilómetros". Estuardo asiente y responde: "Usaron el agua de lluvia. Incluso la gran plaza tiene una inclinación que permite que por gravedad el agua se escurra hacia estanques donde se guarda". Estamos rodeados por la selva. Calor sofocante y mosquitos. Entre los árboles, el sotobosque está repleto de plantas de pacaya. A lo lejos se oyen los gritos empavorecidos de los monos. El aire huele a soledad y a silencio, a pesar de la samotana inevitable de los muchachos. En el Mundo Perdido, la mayoría se encarama al observatorio. En un momento dado, Maru pisa una piedra floja y está a punto de descalabrarse. Al principio, lo único en que piensa es que su cámara está a salvo, pero pronto cae en la cuenta del peligro pasado: tiene varios raspones y moretes, además del susto lógico.
Ethelia la condundea. Boris la ayuda a subir al Templo del Jaguar para que supere el trauma lo más pronto posible. Desde ahí toman fotos y constatan la extraña acústica del lugar. 

  El Mundo Perdido, Tikal Poco antes de llegar a la Gran Plaza el cielo se desploma sobre nosotros en un aguacero bíblico. En menos de cinco minutos acabamos hechos una sopa. Sin embargo, la lluvia es recibida con júbilo, porque aplaca el calor sofocante. Nos refugiamos al pie de los árboles. El chubasco dura poco. Sacamos la comida e improvisamos un picnic, cuidando de no darles de comer a los pizontes, que nos han seguido, y nos caen como mancha de chapulín. Peleas campales entre ellos, disputándose inútilmente nuestra atención. No subo al Templo II, pero asciendo a la Acrópolis Norte, donde Ethelia se ha asomado a una fosa cubierta por una mampara, donde hay un mascarón bellísimo. Me siento a descansar sobre las piedras de la escalinata. Toda la plaza tiene unas vibras extrañas. ¿Qué sucesos habrán visto estas piedras milenarias? Si pudieran hablar, ahora, a más de mil años de haber sido abandonadas al fervor de la selva, ¿qué podrían decirnos? El silencio no es silencio. No sólo es turbado por las personas que llenan la plaza en ese momento, sino por todos los rumores de la selva. Hay un olor silvestre, parecido al del corredor sur del Jardín Botánico, en Antiguo Cuscatlán. Olor a humedad, a madera, a plantas, a barro empapado en lluvia. Estamos conscientes de que nos ha faltado ver bastante de lo mucho que el sitio ofrece. Nos perdimos la Gran Pirámide, la Plaza de los Siete Templos, al sur; los complejos M y P, al norte. No hemos transitado por las calzadas Méndez, Maudslay y Maler. ¿Por qué esos nombres? En 1848 el coronel Modesto Méndez y Ambrosio Tut, Corregidor y Gobernador de El Petén -respectivamente- llevaron a cabo el primer reconocimiento oficial del sitio, aunque ya en 1696 el misionero Andrés de Avendaño había llegado hasta Tikal. A pesar de esto, Méndez y Tut son considerados sus descubridores.

  Alfred Percival Maudslay (1850-1931), inglés, visitó la región en 1881 y 1882 y dibujó el primer mapa de Tikal. Por increíble que parezca, este explorador -que llegó dos días antes que el explorador Desireé Charnay a Yaxchilán- murió tranquilamente a los ochenta y un años en su casa de Heresford, Inglaterra. Teobert Maler (1842-1917), por su parte, viajó a Tikal entre 1895 y 1904. Había llegado a México en 1864 como voluntario del ejército austríaco del emperador Maximiliano. Al parecer, Maler se enamoró de estas tierras, porque volvió en varias ocasiones. ¿Quién puede culparlo? Curiosamente, las calzadas honran los nombres de los tres hombres cuyos apellidos comienzan con M: Méndez, Maudslay y Maler. Pobre Ambrosio Tut. Ninguna calle lo menciona.

  Ceiba Centenaria, TikalEmprendemos el regreso hacia el parqueo. Avanzamos lentamente: las veredas están llenas de un barro tan resbaloso como el jabón. Eduardo y sus rodillas inflamadas siguen avanzando trabajosamente. Parecemos náufragos ayudándonos mutuamente. Llevo empapados la camiseta, los pantalones, los calcetines, los tenis y hasta los pensamientos; pero el peso de la mochila se ha aligerado considerablemente. Cuando llegamos, son las tres y media. Es sábado y por tanto, hora de cerrar en el museo. Nos perdemos, con dolor, las colecciones de lítica y cerámica. Los estudiantes van acercándose en grupos. Procedemos, de nuevo, a contar el rebaño: No falta nadie. Emprendemos el camino de regreso. Hace frío con la ropa mojada. Dolorosos calambres atormentan mis pantorrillas. Sin embargo, los diecisiete kilómetros desde Tikal hasta la entrada son un dolor más que físico. Haber llegado tan lejos sin ver más, ¡qué frustración!. Tengo que volver. Me prometo volver. Con dificultad me arranco a esas raíces, que abrazan la tierra. Algo de mí se queda en ese sitio, estoy segura. Al fin regresamos a Flores. Tenemos hasta las siete para cenar y comprar chucherías. Los muchachos le hacen caso a la propaganda de un lugar donde ofrecen tacos y tortas. En otro lado, Ethelia, Boris y yo nos empecinamos en hacer una comida en forma. Pedimos churrascos. La atención, por primera vez en el viaje, es excelente. Después, damos una vuelta. Me enoja la manía de mis compatriotas de regresar de todos los viajes como si fueran piñatas: cargando el montón de tonteras, la mayoría inútiles.

  Por fin -gracias a Dios- volvemos al hotel. Me doy una ducha que me vuelve el alma al cuerpo. Los pies y las pantorrillas reciben el masaje que están pidiendo a gritos, y poco después caigo sobre la almohada con un nocaut definitivo. No sé de dónde Ethelia saca fuerzas para irse con los muchachos a otra discoteca. Tampoco sé cómo los bichos tienen arrestos para seguir jodiendo con una samotana que hace que Boris se levante a callarlos. Pero en lugar de conseguirlo, se queda chambriando con ellos en el corredor hasta la madrugada. A las cuatro, César Barrientos toca la puerta. Es el único que ha traído reloj con despertador. Me doy una ducha, me visto a toda prisa y termino de empacar. No tengo corazón para levantar antes a la Ethelia, a quien no sentí llegar anoche, es decir, hoy. Milagrosamente, conseguimos estar todos bañados, vestidos y listos a las seis de la mañana, cuando ya el lago tiene un color azul acero bajo la claridad recién nacida. Echamos gasolina en Santa Elena y emprendemos el camino de regreso. Es extraño, porque el trayecto resulta mucho más rápido y corto. La mayoría duerme. A las nueve estamos otra vez en el Ranchón Mary. Desayunamos a la vista del agua en Río Dulce. Regresamos al bus y poco antes de las doce tomamos el desvío a Quiriguá. Atravesamos los campos de banano de la Delmonte, donde los racimos se maduran, envueltos en bolsas celestes, parecidas a las sobrefundas que mi mamá cosió cuando iba a nacer mi hermano Juan, el menor de todos, el único varón.

  El calor del valle del Motagua nos golpea como el vaho de un horno abierto tan pronto bajamos del bus. El guardia de la entrada (es domingo, y en Quiriguá el administrador no aparece por ningún lado) se hace el de los panes y nos toca pagar un quetzal por persona. Sin el administrador no hay forma de saber si la dichosa exención de pago llegó puntualmente, como sí llegó a Tikal. Terminamos pagando, porque no es cosa de llegar hasta ahí sin ver Quiriguá, ni de discutir por un quetzal per cápita. Tikal, pirámide gemela - Complejo QEl sitio es mucho más pequeño que Tikal, pero la talla de las estelas y sus dimensiones son impresionantes. Boris camina con la cámara colgada del cuello y el trípode a la espalda, en un estuche que parece un carcaj. Lo hemos hecho pedazos durante todo el camino, preguntándole que si allí guarda las flechas. Las estructuras de Quiriguá no son altas ni extensas. El juego de la pelota, con su forma de I mayúscula, se destaca con claridad. Pero lo impresionante es la belleza de las tallas, nítidas y bien conservadas, en altares y estelas, y hasta el mismo material, esa piedra caliza de una textura veteada, tienen una cualidad mágica. La más grande, la estela E, construida en 771, después de Cristo, pesa sesenta y cinco toneladas y mide 10,66 metros de alto. Me da vértigo pensar que más de mil doscientos años nos separan del artista anónimo que talló en ella la cara y el cuerpo de un rey. No hay, sin embargo, en todo el sitio quien nos dé una explicación de caridad sobre las obras que en él contemplamos. Varios pensamos lo mismo, y lo decimos: habrá que volver. Tenemos que regresar, indudablemente. El tiempo ha sido demasiado corto para todo lo que hay que ver. Y las distancias dolorosamente largas y pesadas. El viaje, lo sentimos, ha tenido mucho de penitencial. Y sin embargo, somos unánimes: Ha valido la pena. En una casa nos llama la atención una línea café: es el nivel al que llegaron las aguas del río Motagua desbordadas por el huracán Mitch en 1998. El vigilante nos informa: "Todo el banano se perdió. El sitio, los altares, las estelas, todo quedó inundado". Miro de nuevo la señal en la pared: más de metro y medio de agua. El silencio es elocuente. Nos alineamos contra el muro. Boris nos toma una foto.

  Otra vez a reunirlos. Subimos al bus y partimos. El trayecto es mucho más rápido. Entre Zacapa y Chiquimula paramos en una gasolinera para ir al baño, comprar gaseosas y agua. Con pan francés y jamón del diablo improvisamos sándwiches. Tratamos de darle fin a las últimas chucherías. Alguien propone pasar a Esquipulas. A pesar del indudable prestigio histórico y religioso del templo, la mayoría rehúsa. Estamos cansados. Queremos llegar cuanto antes. Muchos duermen el resto del camino hasta Anguiatú. Los trámites fronterizos son mucho más rápidos, no en balde es un domingo por la tarde totalmente somnífero. Ha llovido y hasta el aire duerme. Otro tanto sucede en el trayecto hacia San Salvador. Llueve en varios tramos de la carretera. En otros, el pavimento atestigua el paso húmedo del invierno. A las seis de la tarde llegamos a la entrada de la Universidad. La alegría de volver borra un poco el cansancio. Y la frustración. Tikal y Quiriguá, y todo lo que no alcanzamos a ver, precisan mucho más tiempo. Sin embargo, lo visto ha sido, indudablemente, mejor que nada. Al día siguiente, los mismos muchachos cansados, con los pies doloridos, me preguntarán: "¿Cuándo hacemos otro viaje, Lic.? ¿Adónde nos van a llevar la próxima vez?". Porque ellos y nosotros -todos- lo tenemos claro: la aventura no ha hecho otra cosa que empezar. Tenemos que continuar, tenemos que aprender más y ver más, porque todos seguimos sintiendo, profundo, constante, el tirón de las raíces compartidas.

Tikal: Viaje al corazón de las raíces (1ra. parte)




Licda. Carmen González Huguet
carmengonzalezh@yahoo.com









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