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Rostros de Nuestra Hispanidad.
Fotos 1 y 2 por:
Sara Rocío Sánchez Rodríguez
Foto 3 por: Don Luciano González







Felicito a todos los hermanos y hermanas hispano hablantes por celebrar en este mes: nuestra Hispanidad o lo que es lo mismo ¡Nuestra Raza!... ¡Congratulaciones para todos!

El Vendedor de Minutas I
Artículo por: Maribel Sánchez
Ilustración: nmolina

Pensaba escribir un artículo sobre este singular oficio, pero encontré que Arturo Ambrogi ¡Ya había escrito sobre él! ¡Sólo él!... puede hacerlo con tanta sensibilidad.

Así que decidí, transcribir para ustedes un condensado de su crónica, en la que describe con maestría al vendedor de minutas que ustedes y yo hemos conocido a lo largo de nuestra existencia.

"El 'momento' del vendedor de minuta va, propiamente, de doce y media del día a las tres de la tarde; las horas de bochorno; y su campo de acción se circunscribe a los barrios y los alrededores de los Mercados; muy raras veces se extiende a algunas calles centrales.

...Al extremo de la calle solitaria, suena el repique cascado de una campanilla. Un carretoncito tirado por un hombre, aparece. El carretoncito avanza, rebotando sobre las piedras resaltantes, tropezando en los baches de la calle, dando tumbos. El repique cascado de la campanilla, insiste, porfiado.

El carretoncito se acerca. Está pintado de verde, de un verde rabioso de loro. La lona del toldo, amarillenta por la acción de las lluvias y del sol, va ingenua y toscamente ilustrada. Una rosa, desarrollada, frondosa y fresca como un sol, esponja sus pétalos de lacre, al lado de un vaso desproporcionado como un balde, lleno, hasta la mitad, de agua carminosa. El dibujo es todo un símbolo, la frescura primaveral de la rosa, junto a la amable y salutífera frescura de la minuta.

El carretoncito pasa. Un zaguán se abre, rechinante. Una mujercita, defendiéndose del sol con la tela mantecosa de un delantal a cuadros, sale de él, llevando un vaso en un plato de peltre. Pero el carretoncito ha pasado ya. Tropezando en los baches de la calle, rebotando sobre las piedras resaltadas.

... El carretoncito se detiene en la esquina, en pleno sol. El minutero está ya habituado; el ardor solar no le hace mella. Ha abandonado los varales del carretoncito, y mientras con una mano se enjuga la frente sudorosa con un pañuelo de roja badana, con la otra agita, imperturbable, la campanilla. La campanilla llama, la campanilla clama y alborota, la campanilla parece decir a gritos -¡Aquí está la minuta!

Al conjuro del jocundo repique, acuden, presurosos, los chiquillos. Un bullicioso corro se forma alrededor del carretoncito. Gritan, se dan entre ellos, de empellones. Cada cual quiere que se le despache primero. -¡No apurarse! ¡Paciencia! ¡Paciencia!

El minutero es un buen hombre, cachazudo, acostumbrado a tratar con esos pequeños clientes.

-¡NO se apuren!- clama mientras descubre la marqueta de hielo, que va envuelta en un pedazo de chiva chapina. Y sacando el raspador, va cepillando en la superficie, haciendo saltar de ella virutas cristalinas, con las cuales colma el vaso. Terminada esa operación, toma del casillero un vaso de hojalata, echa mano de una de las botellas alineadas de a ambos lados, y vierte sobre el hielo, un chorro de jarabe de un colorido rabioso (rojo de pitahaya; verde de cardenillo; amarillo de chilindrón, como el exigente consumidor prefiera) y con una deslustrada cucharilla de largo mango, remueve el contenido. Los ojos ávidos de los chicos siguen la maniobra; el menor detalle no se les escapa. Y en las bocas golosas, de pringosos labios, se dibujan vivos gestos de glotonería impaciente. Una vez preparada la pintoresca bebetura, toma de una caja de puros vacía, una deslustrada cucharilla de latón, y la planta dentro. El chicuelo agarra el vaso, y va a sentarse a la orilla de la acera, en la zona de sombra, y empieza a cucharear, ávido, con intensa fruición.

Poco a poco la banda se desperdiga, ya saciada.  Y el carretoncito pintado de verde, de un rabioso verde de loro, y toldo de lona que por la acción de las lluvias y del sol se ha tornado amarillenta y en la cual un primitivo pincel ha fijado prodigios de colorido, prosigue su ruta, rebotando sobre las piedras resaltantes, tropezando en los baches de las calles. El estridente y terco repiquetear de su campanilla, va incomodando, a su paso, el sosiego patriarcal de los barrios amodorrados bajo un sol de fuego."

Esta crónica esta incluida en "El Libro del Trópico"
del maestro y artífice de la pintura literaria:
Arturo Ambrogi.



Maribel Sánchez
maribel_ pixelescuscatlecos@saltel.net





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