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- Edición 26 - Misceláneas  

 



Don Jesús Saturnino Molina Ascencio.

Queridos cibernautas: permítanme destinar este espacio para escribirles sobre una persona especial, para mí:

“Don Satur”

Todos los días se levantaba temprano. Desayunaba a las 7:00 de la mañana. Después e invariablemente se dirigía ceremonioso a su mesa de cortar. Una mesa grande de vetusta madera, alta para facilitar el hacer los trazos que, con la mayor exactitud y firmeza en el pulso, ejecutaba. Y con una cubierta gruesa de lona para que el planchado quedara bien.

Se notaba en su rostro una mezcla de concentración, pasión y celo en la labor que realizaba y que no interrumpía hasta concluir. Después venía el corte -debe ser perfecto- decía, para que la prenda caiga bien. A su lado ya descansaba el periódico del día, esperando silente que lo tomaran para ser leído.

Una vez realizado el corte de las telas, las trasladaba a las maquinas de coser, donde atentos esperaban dos operarios las indicaciones del maestro, para proceder a armarlas. Entregada la tarea a realizar, se sentaba al lado de la radio “Telefunken” (punto azul) que orgulloso poseía. La sintonizaba bien y tomaba el periódico para abstraerse en él.

Este ritual duraba toda la mañana y sólo era interrumpido por algún cliente que llegaba a solicitar sus servicios; misma que siempre atendió con prontitud, amabilidad y paciencia. Se tomaba su tiempo para explicar a los clientes si se podía o no obtener una buena prenda con la tela que llevaban.

En aquella época era común que los señores le hicieran esta petición: “con vena por favor maestro”. La vena era una costura que se pasaba sobre el quiebre delantero para perpetuarlo. Solía entregar su trabajo con puntualidad.

Alrededor de las 11:00 de la mañana se dirigía de nuevo a la radio, cambiaba el dial y le arrancaba música de la Sonora Matancera mientras seguía leyendo el periódico. Almorzaba a las 12:00 en punto. Cambiaba de frecuencia y se estacionaba en el noticiero. Nunca tomaba café ni comía entre comidas.

Estaba pendiente de los acontecimientos nacionales e internacionales. La misión “Telstar” atrajo su atención. Telstar era una serie de satélites artificiales estadounidenses destinados a la transmisión intercontinental de imágenes de televisión. El primero se lanzo en 1962. Aunque no tenía televisor visualizaba esta idea como una maravilla de la tecnología.

Por la tarde se ocupaba de las “pruebas” de sus clientes. La prueba era el tallado previo a la terminación total de la prenda. Necesitaba ver que su obra estuviera bien realizada: polizones en su sitio, cero arrugas en solapas y mangas, tiros perfectos, cintura ajustada, ruedo de largo correcto y bien terminado a mano, chaleco tallado con las pinzas en su lugar, parte trasera de piel o tafetán de color contrastante. Revisaba ojales y botones con sumo cuidado. Sólo después de este riguroso examen las prendas eran entregadas.

A las 5:00 de la tarde cenaba, mientras escuchaba en la radio: “Las rancheras que dan cólera” Posteriormente se dirigía a la puerta de la casa y silla en mano, se sentaba a ver pasar a la gente. Cordial como era, no le faltaba compañía. Conversador versátil y con un gran sentido del humor…era también bastante convencional y reiterativo.

A las 7:00 de la noche se reunía en el parque con sus amigos y compañeros de tertulia. Se retiraba a las 9:00 de la noche y a dormir.

Enemigo de la prisa y el ajetreo siempre advertía a sus clientes que llevaran con tiempo sus telas para entregarlas con puntualidad.

Se llamaba Jesús Saturnino Molina Ascencio. Cada prenda que se elaboraba en la sastrería de “Don Satur” como le llamaban algunos de sus clientes, era una obra de arte. Era un sastre de verdad. Era mi Padre.

Los recuerdos y las palabras fluyeron…se escribieron solas. Descansa en paz Padre.

Me ganó la nostalgia queridos todos. Que la amistad y el amor impriman siempre su existencia de dicha y felicidad.

¡Hasta nuestro próximo encuentro!

Maribel Sánchez
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