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   - Edición 31 - MISCELÁNEAS

 

Queridos navegantes: me complace enormemente unir esfuerzos con Gladys; y, haciéndome eco de sus palabras cedo este espacio para compartir y trasladar a ustedes sus letras:

"Esta es la pregunta de rigor que siempre hacen los interesados en recibir un curso de formación profesional: ¿De dónde es el ponente?, haciendo alusión a la nacionalidad.

¿Por qué? No lo sé. A lo mejor sea porque existe la idea que un extranjero sabe más, tiene mejor experiencia, se actualiza de forma constante o reviste de prestigio al evento.

¡Quién sabe! Pero, de ser así, los argumentos quedan sin fundamento; porque estos requisitos los reúnen, a la perfección, los salvadoreños. ¡Y vaya que me consta!

Yo, en particular, creo en el talento nacional; en la capacidad que tenemos para desempeñar una excelente labor en cualquier ámbito de la vida, dentro y fuera de El Salvador.

Sin embargo, no todos comparten esta creencia y prefieren confiar más en un extranjero. Vale aclarar que no cuestiono la capacidad del foráneo; sino la inclinación automática salvadoreña de despreciar a los profesionales que se tienen dentro.

Lo trágico en este juego es que quienes menos confían en sus compatriotas son aquellos que siempre reclaman -para sí- espacios y oportunidades; pero, cuando no los obtienen, se quejan por ello. Irónico, pero cierto: malinchistas denunciando ser victimas del malinchismo.

Es triste darse cuenta de la inclinación que, en este país, existe hacia lo extranjero. Léase en el pensar, en el sentir y en el actuar. Incluso, lo nacional tiene una connotación despreciable, denigrante e inservible para muchos.

En la esfera educativa y tecnológica, por ejemplo, vale más la capacitación impartida por un extranjero que por un salvadoreño, a menos que éste sea un personaje público con cierta credibilidad. El panorama se complica si el nacional es joven en edad y/o es inexperto, aun si cuenta con un caudal teórico actualizado. No obstante, estas y otras condiciones si se perdonan al extranjero, de quien desconocemos identidad y trayectoria. Nada más gracioso que esta actitud.

A mí entender, lo mejor sería preguntamos: ¿el ponente está dispuesto a compartir y a aprender? ¿Por qué? La respuesta es sencilla: la enseñanza se nutre del aprendizaje, y viceversa.

En un curso de formación, se necesita a un sujeto que interactúe con el grupo, y el grupo con él; que, sobre la marcha, ambos lados enriquezcan los conocimientos expuestos y transformen las opiniones existentes con el aporte de todos. Pero, ¿por qué esperar a un ponente impositor de técnicas o a un sabelotodo?

Considero que de nada sirve contar con un ponente arrogante con experiencia, porque terminaría por anular el potencial del participante; o con uno sólo diestro en teoría, porque terminaría por defraudar al interesado al no traducirla en utilidad práctica; o con uno avanzado en edad, porque este factor no es garantía de su disposición o habilidad de compartir su experiencia y conocimientos.

Creo que todos -incluidos los nacionales- merecemos una pizca de confianza y respeto, acompañadas de una oportunidad real para actuar y transformar nuestro lugar -y el del resto- en la sociedad. Yo, por fortuna, la he recibido; y considero que muchísimos más también lo merecen. Mientras tanto, yo seguiré creyendo en este potencial salvadoreño, así como otros continúan confiando en el mío..."

Espero encontrarme con ustedes en el próximo de la serie. No olvide que estoy a un clic de distancia de usted.

 

Maribel Sánchez
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