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PueblosUn día de estos...
Maribel Sánchez

Una tarde de estas; me disponía a salir a dar una vuelta por los alrededores de la ciudad; que a mi se me antoja pueblo, porque conserva aún ese aire; y quizá hacer una que otra compra al pasar por el mercado. En realidad lo que me provocaba era salir... ¡por salir!

Y disfrutar de un atardecer es cosa que me resulta muy gratificante; suelo salir como a las cuatro y treinta p.m. no logro comprender a ciencia cierta qué mágico encanto tiene esa hora para mí; no sé si es porque el sol ya ha bajado, o porque la coloración que adquiere mi terruño en ese instante es singular como el ocaso que le sigue. O quizá sea nostalgia porque es otro día que contemplo agonizar, no sé.

La cuestión es que cuando estaba por cerrar la puerta sonó el teléfono, regresé a contestarlo. Era mi amiga que presurosa me explicó que a su hijo le habían dejado un deber en el colegio sobre una temática que conozco bien y que por ello y por no tener acceso a información de este tipo, recurría a mi, pero aclaró que el deber era para presentarlo dentro de dos días, por lo que su petición tenía carácter de perentoriedad y urgencia.

Consentí en apoyarla. Dejé a un lado mis llaves e ilusiones de disfrutar del bello atardecer, del paseo y de comprar, para ir inmediatamente a ocuparme de elaborar el deber.

Dos horas después estaba terminado; me comuniqué con ella para decirle que podía mandarlo a recoger temprano por la mañana, pues ella y yo vivimos como a 37 kilómetros de distancia y no me iba a movilizar en esa dirección el día siguiente; no sin antes pedirle de favor que me informara posteriormente la nota de calificación que le asignarían a esta tarea y a su hijo.

Esto -le expliqué- es sólo para evaluar mis conocimientos, mi capacidad para elaborar este tipo de labores, y saber cuan actualizada estoy o he dejado de estarlo.

Mi amiga asumió su compromiso de informarme después con un ¡por supuesto que sí! ¡yo te informo! dijo en tono presuroso y sin transición preguntó: ¿pero ahí vas a estar a esa hora? Respondí que sí pero, que debía ser temprano porque yo debía cubrir otro compromiso adquirido con anterioridad. Respondió que sí, mandaría a recogerlo temprano y colgó.

Desde luego, lo mando a recoger bien temprano. Y eso fue lo último que supe del asunto.

Y aunque hemos hablado y continuamos hablando por teléfono en repetidas ocasiones (por cuestión de distancia material) nunca ha tocado el tema; ni para criticar, ni para elogiar la tarea. Imagino que estaba bien porque de algo sí estoy segura: si no lo hubiera estado con certeza me lo habría hecho saber, pero sobre todo "sentir"

Una tarde de estas, obedeciendo mi naturaleza, me disponía a salir a caminar como a las 4:30 p.m. para solaz de mi espíritu y disfrutar al par de los fuertes vientos que se habían desatado a esa hora.

Mientras daba unos pasos en dirección al parque; pensaba en lo gratificante y vivificante que es sentir estrellarse la brisa en mi rostro. Una joven madre caminaba precisa en dirección a mi. Y era evidente que su apuro era resguardar al pequeño del inclemente viento mientras lo apretaba contra su pecho. De pronto vi salir volando, cual cometa juguetón, la mantilla que cubría al pequeño y que la madre no pudo retener por la fuerza del viento.

Por instinto, corrí para atrapar la mantilla de lana burda color celeste. Por lo que supe que era un pequeñito el tesoro que amorosa abrigaba a todo lo que le daban sus brazos maternales; al rescatarla y dársela, pude notar en la joven y sencilla madre que su leve sonrisa no era mas que un reflejo incipiente de la "gratitud" que en su mirada se proyectaba mientras me decía tímidamente: ¡Gracias!

Un día de estos casi a las cuatro de la tarde quiero darle las gracias a todos y todas aquellas personas que invierten su tiempo y su esfuerzo en aras de los demás.


Por Maribel Sánchez, para Misceláneas. Edición Febrero/Marzo/03




Maribel Sánchez
maribel_pixelescuscatlecos@saltel.net













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