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ACERCAMIENTO PSICOSOCIAL PARA COMPRENDER EL FENÓMENO DE LAS MARAS EN EL SALVADOR
(Parte 3)
Lic. Boris O. Barraza F.


Nuestros hijos permanecen más tiempo a solas, sin la adecuada supervisión y orientación de los padres. Esto hace que los jóvenes encuentren modelos o confidentes en otros de su edad que fácilmente los pueden inducir hacia un mundo de aventuras y riesgos cada vez más “extremos”

Por cierto, los medios de comunicación social se aprovechan y explotan mercadológicamente esta tendencia de experimentar las situaciones de alto riesgo llevándolos a límites de convertirlos en héroes por el atrevimiento y osadía que experimentan. ¿Dónde nos encontramos los padres de familia para poder ser orientadores adecuados de nuestros hijos ante estas situaciones?

La aventura en la mara puede ser una experiencia “extrema”, por tanto atractiva, con la que los adolescentes buscan confirmar y reafirmar su propia valía, su capacidad de conquista y su necesidad de ser el centro del mundo –por lo menos de su micro cosmos grupal al que pertenece y se siente pertenecer-, de esta manera arriesgar y ser un marero no tendría elementos negativos, sino más bien son maneras de probar qué tanto son capaces de lograr.

De ahí que sea probable que el calificativo de marero no tenga nada de peyorativo para el integrante de una mara.

La escuela ha perdido mucho de la mística orientadora. Desde mi perspectiva hay una sensación de urgente necesidad de atiborrar al alumno de cantidades de datos, sin importar despertar en los estudiantes el amor, la pasión, el placer por el aprendizaje. Con sus claras excepciones, hay que reconocer que en las escuelas YA NO HAY MAESTROS. En las escuelas y colegios parece predominar el profesor improvisado, sin vocación, sin el mayor interés en formar nuevas generaciones pensantes y con capacidad para querer ser cada día mejor.

Parece que el primer lugar para entrenarse en el abuso, el compadrazgo, el oportunismo, el aprovechamiento de las debilidades de los otros para sacar la mejor ventaja posible se da en la escuela (léase también colegio) La muestra más clara de esto es la subcultura de la copia en el examen, que en ocasiones alcanza tal grado de sofisticación que llega a niveles de ciencia. Pero sea como sea que se plantee este fenómeno la “copia” es un sinónimo de trampa, engaño, corrupción.

Por supuesto que desde la perspectiva del profesor el problema es otro: malos salarios, deserción estudiantil o inconsistencia en la asistencia a clases, esmirriados recursos didácticos y pedagógicos, aulas saturadas de estudiantes, dobles y triples turnos de trabajo… ¿Cómo ser un docente orientador en estas circunstancias?

De parte de los padres de familia pareciera que la escuela es vista como un depositario de las cada vez más complejas conductas de los hijos. Es común descubrir que los padres de familia se desembarazan con mucha facilidad de su papel de acompañantes del proceso de desarrollo y aprendizaje de sus hijos, asumiendo que esta tarea les corresponde ahora a los centros de estudio y más específicamente a los profesores. Generalmente no hay voluntad en los padres de familia para acercarse a los colegios o escuelas de sus hijos y realizar un proceso compartido con el centro de estudios para que los alumnos, en su doble rol de estudiantes e hijos, asuman responsablemente su papel protagónico del aprendizaje.

Es posible, por tanto, que la ausencia de un canal de comunicación directo entre los profesores y los padres de familia esté generando una ausencia de supervisión de algunas áreas del desarrollo del comportamiento socialmente responsable de los jóvenes. También es posible que el padre de familia asuma que su hijo se encuentra en clases, cuando realmente este aprendiendo las leyes de la selva urbana: la vida en la calle, donde se sobrevive, lamentablemente, por la ley del más fuerte.

Un último factor a considerar es la visión que tiene el alumno de su propio proceso de aprendizaje. Es tremendamente triste descubrir que para la mayoría de estudiantes no hay una real utilidad práctica de lo que aprenden.

En una sociedad cada vez más injusta (descaradamente injusta), donde los compadrazgos y las “componendas” son las maneras de sobresalir, donde los amiguismos son la manera de escalar posiciones laborales, donde la compraventa de favores es la ruta del éxito social, donde el soborno y la corrupción a todo nivel y por cualquier motivo, por nimio que éste sea, es la formula para alcanzar las metas deseadas; es muy probable que los estudiantes no encuentren ningún sentido al esfuerzo que requiere el aprendizaje académico.

¿Para qué estudiar, para que esforzarse haciendo las cosas como se deben hacer si existe otra manera más fácil y más efectiva para obtener lo que se quiere, las "cosas" que en la sociedad actual se ven como importantes, aunque probablemente no sean realmente necesarias?

En una sociedad como la nuestra donde el esfuerzo no es sinónimo de obtención de calidad, donde “tanto tienes, tanto vales” es la medida de la excelencia y donde todo es deseable ahora… ¡ya!, sin desarrollar la capacidad de espera, es común encontrar en los jóvenes una desidia por el estudio ya que hay otros caminos más rápidos que les pueden proporcionar todo aquello por lo que se les pide que se esfuercen, estas cosas son, lamentablemente, COSAS, así con mayúsculas.




Lic. Boris O. Barraza F.
borisbarraza@hotmail.com



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