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Santa TeclaDescubriendo los encantos de Santa Tecla

Antes de que Santa Tecla ni siquiera fuera un sueño, en el año 1826, el recién nombrado cónsul general de Holanda para Centroamérica, con sede en Guatemala, Jacobo Haefkens, realizó un viaje por "la Provincia de San Salvador", que describe en detalle en su libro "Viaje a Guatemala y Centroamérica" En esa sugestiva obra encontramos claras referencias a lo que ahora son Los Chorros y Santa Tecla. "Así y todo"-dice el diplomático-explorador-"este extraordinariamente escabroso despeñadero del camino, abarca panoramas soberbios por estar las rocas cubiertas de abajo hasta arriba de árboles. En cierto punto, por donde el riachuelo acierta hacer un serpenteo, se ve una especie de palma real, en gran cantidad, explayarse una sobre la otra, ostentando desde la margen del fluvio hasta la elevada cumbre del barranco, un amontonamiento de paraguas naturales. En otra parte cabalga uno junto a una cascada que nace del corazón de las montañas y que se precipita a lo largo de una pared perpendicular de roca negra, desde una altura de unos veinte pies" El diplomático holandés había descubierto lo que años después sería el balneario favorito de los tecleños.

Alcadía de Santa TeclaHaefkens continúa su relato al llegar a la hacienda Santa Tecla: "Cuando finalmente se vuelve a subir, la pendiente es muy escarpada y una vez arriba se avanza como sobre un dique, por entre dos profundos abismos. Pronto se llega a un lindo matorral, de cuyo extremo se extiende una vasta llanura donde hacía poco habían quemado muchos árboles. El rescoldo de las brasas era todavía tan fuerte que, unido al calor del sol, dificultaba la respiración. Esta llanura pertenece a una hacienda, cuyos edificios uno ve frente a sí, a mano derecha. Allí nos enseñaron las pieles de diversos tigres que habían sido cazados no hacía mucho [...] Las montañas que uno ve a su derecha y que no son muy altas (nuestra querida "Colina" en plena virginidad) brindan un grato panorama, por estar cubiertas en su mayor parte de árboles, sobre todo al pie de las mismas y en los desfiladeros, cosa que se alterna donosamente con las laderas y cúspides descollantes y cubiertas solamente de grama o monte bajo"

Años después, The New York Times publicó, el 26 de diciembre de 1858, una carta de otro diplomático, el cónsul británico Mr. W. G. Foote, quien describe la recién fundada capital salvadoreña con generosidad. Relata el diplomático británico que en el valle donde se construye Santa Tecla los temblores "apenas se sienten" y por esa razón los más ricos de los habitantes de la antigua capital "mandaron construir quintas en este lugar en un estilo muy europeo" Cuenta que la entrada a la ciudad es bellísima, "las casas limpias y blancas con verdes enredaderas en las ventanas y si a esto se agrega el aire fresco y vigorizante, se siente una eurofia raras veces sentida en otra parte de Centro América" La mejor prueba del buen clima se encuentra "en las rosadas mejillas de los niños quienes prosperan enormemente aquí", opina Mr. Foote. Termina su relato, recomendando al viajero que busca "maravillas en el mundo", que hiciera un viaje aquí, donde el artista puede "gozar de los escenarios más pintorescos, donde se combinan las características de Suiza con los efectos magníficos de los países tropicales y volcánicos"

Casa histórica en Santa TeclaDon Sebastián Mendoza, originario de Coatepeque, pero residente de Santa Tecla, donde vivió los últimos sesenta años de su vida, teniente, tambor mayor de la Banda Marcial de la ciudad y bisabuelo del bien recordado amigo César Augusto Dueñas, inspirado en la ciudad, escribió, allá por 1865, sus pensamientos: "¡Oh! Bella y simpática ciudad, que nacida del infortunio,/Fuiste elevada al gran nombre de Nueva San Salvador;/Naciste con el nombre de sucesora de la Capital;/Tú con tus frescas y riquísimas Colinas,/Te ofreces cual una madre con los brazos abiertos,/A los hijos de Cuscatlán"

Nuestro "Valle del Uliman", lugar donde se cosecha el hule, como era conocida durante la época precolombina, nuestra Ciudad de las Colinas, nuestra querida Santa Tecla, ciudad "que nació señora", que nos vio nacer y crecer, merece todo nuestro esfuerzo para devolverle la gloria que un día tuvo.



Ernesto Rivas Gallont
netorivas@integra.com.sv






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