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Celebración de Independencia bajo el tema " Mitos y Leyendas"
Por:Licda. Roxana Sánchez Molina


A propósito de las celebraciones preparadas por el Comité de Festejos Salvadoreños en Los Ángeles (COFESAL)... desde este espacio, nos unimos en tiempo, espacio y dimensión.

El 21 de septiembre, específicamente a las 10:00 a.m. iniciará el recorrido el tradicional desfile de la Independencia en la Calle Van Ness, siguiendo por el Bulevard Santa Mónica hasta llegar a la Vermont. Finalizará en Los Ángeles City College y una vez allá, habrá un acto cívico donde se entonarán los himnos de Estados Unidos y El Salvador.

Definitivamente, los espera un momento muy emotivo... en donde las lágrimas no serán para nada un detalle inesperado.

Un día que se vestirá de azul y blanco con música, alegría y diversión para la comunidad salvadoreña. Se unirá el boxeador Carlos "El Famoso" Hernández, quien fue elegido como Gran Mariscal del desfile. ¡A disfrutarlo!

La Siguanaba.

Alta, seca. Sus uñas largas y sus dientes salidos, su piel terrosa y arrugada le dan un aspecto espantoso. Sus ojos rojos y saltados se mueven en la sombra, mientras masca bejucos con sus dientes horribles.

De noche, en los ríos, en las selvas espesas, en los caminos perdidos, vaga la mujer. Engaña a los hombres: cubierta la cara, se presenta como una muchacha extraviada: "lléveme en ancas", y les da direcciones falsas de su vivienda, hasta perderlos en los montes. Entonces enseña las uñas y deja partir al engañado, carcajeándose de lo lindo, con sus risas estridentes y agudas.

Sobre las piedras de los ríos golpea sus "chiches", largas hasta las rodillas, produciendo un ruido como de aplausos.

Es la visitante nocturna de los riachuelos y de las pozas hondas, donde a media noche se le puede ver, moviendo sus ojos rojos, columpiada en los mecates gruesos.

Hace mucho tiempo que se hizo loca. Tiene un hijo, de quien no se acuerda: Cipitín, el niño del río. ¡Cuántas veces Cipitín no habrá sentido miedo, semidormido en sus flores, al oír los pasas de una mujer que pasa riendo, río abajo, enseñando sus dientes largos!

Existió en otro tiempo una mujer linda. Se llamaba Sihuélut y todos la querían. Era casada y tenía un hijo. Trabajaba mucho y era buena.

Pero se hizo coqueta. Lasciva y amiga de la chismografía, abandonó el hogar, despreció al hijo y al marido, a quien terminó por hechizar.

La madre del marido, una sirvienta querida de Tlaloc, lloró mucho y se quejó con el dios, el que irritado, le dio en castigo su feúra y su demencia. La convirtió en Sihuán (mujer del agua) condenada a errar por las márgenes de los ríos. Nunca para. Vive eternamente golpeando sus "chicles" largas contra las piedras, en castigo de su crueldad.

Siguanaba era el mito de la infidelidad castigada.

Cipitín

Así era. La siguanaba estaba loca; la habían visto, riéndose a carcajadas, corres por las orillas de los ríos y detenerse en las pozas hondas y oscuras. Cipitín emigró a las montañas y vivió en la cueva que había en la base de un volcán.

Hace ya mucho tiempo, han muerto los abuelos y se han rendido los ceibos, y Cipitín aún es bello, todavía conserva sus ojos negros, su piel morena de color canela, y todavía verde y olorosa la pértiga de cañas con que salta los arroyos.

Han muerto los hombres. Se fueron los topiltzines, canos están los suquinayes, y el hijo de la Siguanaba aún tiene diez años. Es un don de los dioses ser así. Siempre huraño, irá a esconderse en los boscajes, a balancearse en las corolas de los lirios silvestres.

Cipitín era el numen de los amores castos. Siempre iban las muchachas del pueblo, en la mañanita fría a dejarle flores para que jugara, en las orillas del río. Escondido entre el ramaje las espiaba, y cuando alguna pasaba debajo sacudía sobre ella las ramas en flor.

Pero... es necesario saberlo. Cipitín tiene una novia. Una niña, pequeña y bonita como él. Se llama Tenáncin.

Un día Cipitín, montado sobre una flor se había quedado dormido.

Tenáncin andaba cortando flores. Se internó en el bosque, olvidó el sendero, y corriendo, perdida, por entre la breña, se acercó a la corola donde Cipitín dormía.

Lo vio.

El ruido de las zarzas despertó a Cipitín, que huyó, saltando las matas.

Huyó de flor en flor, cantando dulcemente. Tenáncin lo seguía. Después de mucho caminar, Cipitín llegó a una roca, sobre las faldas de un volcán. Los pies y las manos de Tenáncin estaban destrozados por las espinas del ixcanal.

Cipitín tocó la roca con una shilca y una puerta de musgo cedió. Agarrados de las manos entraron, uno después de otro. Tenáncin fue la última. El musgo cerró otra vez la caverna.

Y no se le volvió a ver. Su padre erró por los collados y algunos días después murió, loco de dolor.

Cuentan que la caverna donde Cipitín y Tenáncin se encerraron estaba en el volcán de Sihuatepeque (cerro de la mujer) situado en el actual departamento de San Vicente.

Han pasado los tiempos. El mundo ha cambiado, se han secado ríos y han nacido montañas, y el hijo de la Siguanaba aún tiene diez años. No es raro que esté, montado sobre un lirio o escondido entre el ramaje, espiando a las muchachas que se ríen a la vuelta del río.

¡Oh el Cipitín! Guárdate de sus miradas que encienden el amor en el pecho de los adolescentes.

Leyendas descritas por Miguel Ángel Espino en el libro "Prosas Escogidas" Mitología de Cuscatlán.
Páginas de la 42 a la 45
Colección Gavidia. Volumen 4. UCA Editores.




Licda. Roxana Sánchez Molina
roxana_pixelescuscatlecos@saltel.net



Afiche alusivo por COFESAL



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Sitio Web de COFESAL





"Prosas Escogidas"
Mitología de Cuscatlán.
Miguel Ángel Espino





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