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No me refiero a los algodones de azúcar que se venden en las ferias ni a la cabeza de algodón que me está quedando con mi pelo blanco, sino a su cultivo.

Vaya que sé bastante de eso, porque desde que me gradué de agrónomo trabajé en el cultivo del algodón, no sólo sembrándolo, sino también dando asesoría técnica y hasta aplicando pesticidas en aviones, los cuales aprendí a volar, a calibrar y a respetar, por eso es que estoy vivito y coleando.

Quiero decirles que el algodón me hizo ganar bastante dinero, lástima que se vino el conflicto y se tuvo que abandonar el cultivo.

El domingo pasado fui a la Costa del Sol, al rancho de mi querida vecina, la Ña’Lidia, que dicho sea de paso ya dejó el chambre.

Delante de la hacienda Tihuilocoyo, en un lugar conocido como La Arenera, pude observar un gran lote recién arado y rastreado, donde se veía emerger las papalotas, como se le llama al algodón recién germinado.

Créanme que me emocioné y aspiré profundo aire, tratando de percibir olor a siembras y fertilizante, pero sólo sentí olor al humo del bus que iba delante de mí.

Cuánta mano de obra me imaginé raleando el plantío del algodón y gentes desyerbando los surcos, bueyes aporcando, un caporal montado a caballo dirigiendo a los trabajadores.

Mi imaginación me llevó hasta la pista de Las Micas, donde me imaginé al piloto Clavelito sentado en el avión, mientras un algodonero, deteniéndose el sombrero para que no se le volara por el aire de la hélice, le daba instrucciones del lote donde debía fumigar, también vi a los banderilleros haciéndoles señas con las banderas para que enfilara el avión.

Aterrizando venía el sobrino Jaime Cuéllar, que había pedido permiso a TACA para fumigar en la temporada, que le era más productivo que estar volando a diario a Los Ángeles.

Mi sangre de algodonero empezó a hervir, por mis venas mentales se deslizaron aquellos tiempos en que el oro blanco transportado en tráileres, camiones, carretas y pick ups hacían largas colas para entrar a la cooperativa algodonera de Entre Ríos, al oriente de Zacatecoluca, donde se podía divisar desde la carretera los enormes volcanes de semilla de algodón, blanca como la nieve, la cual era trasladada también en tráileres a las aceiteras.

Se exportaba aceite, la harina de la semilla era llevada a las fábricas de concentrados, en la carretera se sentía el olor a cocina.

Nuestro algodón valía, porque era de fibra larga, pepenado a mano, lo que le daba mejor calidad.

Los japoneses se lo peleaban y lo compraban adelantado.

De Acajutla salían los barcos cargados de pacas de algodón, que acababan de descargar los Toyota y los Mazda.

Recuerdo que no alcanzaba la mano de obra salvadoreña e importábamos de Honduras y Nicaragua, porque la cosecha de algodón se cruzaba con la de café y caña de azúcar.

Entonces, mi visionario amigo, el doctor Julio Funes Hartmann, quiso traer una cosechadora de algodón, pero no se lo permitieron, la declararon antisocial, a la máquina por supuesto.

El algodón se sembraba en la última pulgada cuadrada de terreno, en las bordas, en los techos de las casas y hasta en los cercos.

No se desperdiciaba nada, hasta el rastrojo se lo comía el ganado con todo y veneno.

Los colchoneros hacían su agosto con mota y la cascarilla se la peleaban los ganaderos, que la mezclaban con miel de purga.

No había criminalidad ni había maras, con una pareja de guardias era suficiente.

Volví a la realidad cuando iba llegando a la Costa del Sol, cuando era sobrepasado por grandes camionetotas 4x4 que son ocupadas para andar en pavimento, pues ninguno de los que me rebasaron fue algodonero, tal vez ranchero, porque tienen ranchos en la playa.

Llegué a donde la Ña Lidia y de casualidad me topé con un hermano de ella que fue algodonero y que empezará de nuevo a sembrar el algodón.

Me informó de las nuevas técnicas, de variedades enanas de ciclo corto, de control biológico, de herbicidas preemergentes; ni modo, estoy desfasado agrícolamente.

Pero el problema más importante que ahora enfrentan los nuevos algodoneros no es el precio, ni los insumos, ni las variedades, sino más bien la cosecha, pues temen que no encuentren gente para recoger el algodón. ¡Púchica! Le dije, y que no es empleo lo que más se necesita...

¡Claro!, me dijo Nelson, hermano de Ña Lidia, pero ahora la gente vive de las remesas de los hermanos cercanos, y han convertido en haraganes a sus parientes, que sólo están esperando reunir la guaca para el coyote e irse al Norte.

Púchica, pensé... no hay más que pedirle a los hermanos lejanos que no manden pisto en diciembre para obligar a los holgazanes a pepenar el algodón o... importar las máquinas antisociales del doctor Julio Funes Hartmann.

Nota aclaratoria: este artículo, permite acompañar a su autor en un interesante viaje hacia la historia del cultivo del algodón. No es publicado a efecto de hacer ningún tipo de sugerencia.

¡Hasta la próxima!

Coordinación: pixelescuscatlecos.com


Artículo por: Licda. Roxana Sánchez Molina
roxana_pixelescuscatlecos@saltel.net


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