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   - Edición 31 - VIVENCIANDO LO NUESTRO

 

El autor presentó este artículo en el Primer Congreso Pedagógico "Creando Formas Efectivas de Enseñar y Aprender", organizado por el Centro ALFA, S.A. DE C.V., en febrero del 2002. Francisco Andrés Escobar es escritor y maestro. Actualmente trabaja como catedrático en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Es coautor de libros de texto para tercer ciclo, en la especialidad de lenguaje y literatura. Su publicación "La lira, la cruz y la sombra", biografía de Alfredo Espino, es su más reciente trabajo literario.

En la edición anterior, abrimos para ustedes, queridos cibernautas y Francisco Andrés Escobar, este espacio para que puedan conversar acerca del hábito de la lectura y como éste da "vivencias" a quienes lo disfrutan.

… viene de la edición anterior.

Mas adelante, descubrí que los libros literarios tienen una noble misión. No las tareas pragmáticas e inmediatistas que suele dárseles, y hasta imponérseles, en urgentes coyunturas. No. Se trata de una misión trascendente, de mayor alcance y de más largo aliento, que tiene que ver con transformar una vida, a partir del contacto con la verdad, el bien y la belleza.

Un buen libro hurga en la verdad de la vida y de la condición humana. Un buen libro hace sentir que hay formas más buenas de ser y de estar en el mundo. Un buen libro hace mirar y admirar la belleza del vivir y del lenguaje que la dice. Un buen libro da mucho de sí, y entretiene mucho.

Al terminar su lectura, uno "siente" que ha pasado buenos ratos leyendo y que se ha crecido en conocimiento, en comprensión y en humanidad. Se tiene la sensación de que "algo" ha ocurrido y, a partir de ese "algo", uno ha empezado a ser diferente en algo.

Es que el libro ha ejercido su inmenso poder de cambiar vidas. Un enorme poder, por cierto. El poder, nada menos, de llevarlo a uno a dejar de ser algo, para ser algo más y diferente. Por eso es que muchos hombres y mujeres confiesan con humildad que sus vidas quedaron transformadas a partir de un libro que leyeron. Yo debo hacer, también, esa confesión.

Después de mis lecturas primeras, fui dejando de ser el que era para ir empezando a ser el que debía, de la mano de Archibald J. Cronin, el autor inglés que ya se edita poco y se lee menos. Lo leí con fruición en la adolescencia. Y lo conocí por vía de un maestro poco ortodoxo en sus métodos pedagógicos. Una vez, desesperado el buen hombre porque yo me resistía a deglutir una edición rigurosa de los poemas homéricos, mandó a volar programas de estudios y lecturas y me dio una novela de Cronin. "¡Leete esta vaina, chele. Y después, decidí qué trabajo hacés. Pero lo hacés bien; si no, te quiebro la materia!" todavía bendigo a ese hombre, al que poco le importaba la imagen de persona estricta, solemnísima, incondicional a los programas. Leí "El jardinero español", y le presenté algo así como un ensayillo sobre la amistad. Me puso un siete de nota académica -porque era exigente en corrección expresiva y yo siempre fui un desarrapado del lenguaje-, pero me prodigó un crecimiento humano ¡de veinte!

A partir de allí, ya no dejé a Cronin. Leí "La ciudadela", y empecé a entender el sensitivo problema de la vocación; "Las estrellas miran hacia abajo", y me asomé al difícil mundo del trabajo minero; "El árbol de Judas", y me adentré por los dolorosos meandros en una relación padre-hijo; "Tres amores", y pude ver la evolución de un alma, a partir de la escuela del sufrimiento.


… continuará en próxima edición.

Francisco Andrés Escobar


Coordinación: Maribel Sánchez
maribel_pixelescuscatlecos@saltel.net

Fotos: Sara Rocío Sánchez Rodríguez
rocio_pixelescuscatlecos@hotmail.com



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