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   - Edición 32 - VIVENCIANDO LO NUESTRO

 

En la edición número 30, abrimos para ustedes, queridos cibernautas y Francisco Andrés Escobar, este espacio para que puedan conversar acerca del hábito de la lectura y como éste da "vivencias" a quienes lo disfrutan.

… viene de las dos ediciones anteriores.

Debo decir que si Salgari, Stevenson, Twain y Wast me empujaron al mar del amor por los libros, Cronin me enseñó a bucear, lento y profundo, en el mundo que ellos instalan. Así que cuando entré al universo de lecturas más complejas -por su manejo del lenguaje, por su densidad de contenido, o por su experimentalidad en la forma: como Ulises, de james Joyce, y Rayuela, de Julio Cortázar-, sabía ya cómo nadar en ellas, y cómo discernir entre ripios y gemas.

Pero he dicho que los libros cambian vidas y que lo hacen humanizándonos: al hurgar en la verdad de la vida y de la condición humana, al mostrar que hay formas más buenas de ser y de estar en el mundo, y al hacer mirar y admirar la belleza de la vida y del lenguaje que la expresa. Debo señalar, ahora, que desde esa puesta en contacto con el bien, la verdad y la belleza, los libros también impulsan hacia la libertad, promueven la creatividad y despiertan la tolerancia, eminentes modos operantes de la verdadera humanización.

Hablemos sobre la libertad. La primera libertad que el libro promueve es la libertad de elección y de acción. Uno elige del anaquel, de la librería o la biblioteca, la compañía que quiere prodigarse, "Que leé este libro, que leé este otro; que no leás ese" Solicitaciones externas. Pero es uno quien en definitiva, en la soledad y el silencio de la elección personal, y estimulado por las esperanzas de lo que uno va a encontrar, decide qué se lleva y qué no. Y más tarde decide cuándo y dónde realiza la personal, soledosa, sabrosa e insustituible operación de leer: esa operación a la que, como Bernard Pívot en "Confesiones de un enamorado de los libros", muchos autores han dedicado páginas importantes. Y desde esta operación de leer, desde este pasar los ojos sobre las páginas y sus grafías, para ir entendiendo significados; desde este levantar -con los recursos más delicados y elaborados de nuestro psiquismo- el mundo imaginario instalado en el libros; desde este reaccionar con los resortes del alma a ese mundo, se alza otro modo de libertad: el de construir, gozar y padecer ese mundo, sin más fronteras que nuestros márgenes interiores.

El cine y la televisión, maravillosos en sí, nos dan ya todo elaborado. En una historia: el personaje es así, el ambiente es asá, la acción ocurre de este modo. No hay mucho para la libertad de crear con la imaginación y la fantasía. ¿Por qué suele ser frustrante leer un libro y luego ver su versión en cine? Porque el mundo construido por nuestra imaginación y nuestra fantasía supera las coordenadas de un filme y desata una calidad de emociones distinta de las que la película puede suscitarnos.

Nunca olvido la enorme impresión que en su momento me causó "Flor de durazno", la conmovedora novela de Hugo Wast. No sé si hubo película. Si la hubo, no la vi. Pero estoy seguro de que nunca el filme hubiera podido darme el mundo que había construido con mis ojos interiores. Yo miraba el campo, las lomas, las barrancas, los animales, las espesuras, los árboles, el duraznero al que la protagonista tenía ligado espiritualmente su destino. Y vibraba con el drama rural de Rina, a la que sinceramente amaba en su sencillez y dulcedumbre. Y detestaba al niño Miguel, porque la veía como un golfo insensible y petimetre. Y me dolía el tormento de Fabián, desplazado del corazón de Rina por el tal Miguel citadino. Y gozaba con don Filemón, el cura frondoso que comparaba la misericordia de Dios con el estiércol de una cabra que, encaramada sobre un horno, lo derrama a raudales por todos lados. Y hubiera querido salvar a Rina de su gran tragedia. Pocas novelas tocaron tanto mi sensibilidad de muchacho como aquella. En pocas obras de esos años me condolí tanto ante el sufrimiento de los humildes. Es que por los caminos de la libertad de imaginación y por los finos senderos del sentimiento, los libros nos conducen al país de la creatividad. Y allí, en esta tierra dorada, el pensamiento, la imaginación, la fantasía y la afectividad se combinan, para alzar los mejores universos y para esponjar las más puras emociones"


… continuará en próxima edición.

Francisco Andrés Escobar


Coordinación: Maribel Sánchez
maribel_pixelescuscatlecos@saltel.net

Fotos: Sara Rocío Sánchez Rodríguez
rocio_pixelescuscatlecos@hotmail.com



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