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Cerro de las Pavas, Cojutepeque
Cerro de las Pavas, CojutepequeRetorno al Cerro de Las Pavas, Cojutepeque
Maribel Sánchez

Eran casi las cuatro y treinta minutos cuando emprendimos el viaje -en carro- que nos conduciría al cerro. No quería ir porque en lo intimo de mi corazón prefería conservar el recuerdo de aquel cerro tal como lo vi en mis años juveniles: hermoso, lleno de verdor, de palomitas, pájaros, mariposas, mangos y copinoles que encontraba en el trayecto a pie a través del famoso zigzag que conduce a la cima.

Pero, mis amigos querían conocerlo, no podía negarme. Después de visitar los restos del santuario, nos llamo la atención un aroma que se desprendía de algún lugar. Aroma que nos llevo frente a dos peroles de metal que contenían aceite hirviendo en el que manos laboriosas depositan delgadas laminas de plátano verde y de yuca transformándolas en doradas y deliciosas tostadas; cien por cien naturales.Cerro de las Pavas, Cojutepeque

Pronto nos dispusimos a comer tostadas y enredos de yuca acabados de hacer; con curtido y chile. Bolsas en mano, degustando esta delicia, comenzamos a caminar de nuevo. Llegamos a las ruinas de lo que en otro tiempo fue un precioso restaurante, el principal del cerro. Una profunda tristeza se apodero de mí al observar solo restos de la belleza que antes se encontraba en este lugar rodeado, inclusive, de lindos faroles que eran encendidos al atardecer.

Permanecimos unos minutos en silencio, mirando los árboles, los altísimos árboles que se mantienen en pie firmes y erguidos, desafiando el tiempo y sus visitantes. Por curioso que parezca, tuve la sensación de que los árboles y yo mantuvimos una conversación silenciosa porque de alguna manera me sobrepuse a mi tristeza; y sin sentir ni pensar; mi mente retrocedió años atrás y volví a ver a mi hermanita mecerse en los columpios, Cerro de las Pavas, Cojutepequecon fuerza y con imprudencia, producto de su edad; y a mi hermanito rodar por una de sus laderas jugando y raspándose todas las rodillas. ¡A mi madre... que desenvuelve los ricos panes que con ternura y algarabía prepara en casa para que comamos aquí! A mi Rayito: comiendo con desgano unos chorizos que son parte de un platillo típico servido en un chalet de los muchos que había aquí.

Entre tanto mis amigos miran embelesados el mágico espectáculo del ocaso; que se podía apreciar en todo su esplendor desde este lugar, por su altura. Y, ¡que casi me pierdo! porque mis ojos y mi mente estaban puestos en las altas ramas de los árboles que mecidas por la fresca e intensa brisa parecían ¡danzar para mí!

¡Mi querido cerro de las Pavas! Aún cuando estas destrozado, olvidado y abandonado ¡eres capaz de dar tanta alegría a propios y extraños!Cerro de las Pavas, Cojutepeque

Me regalaste los rayos de sol más intensos, brillantes y cálidos que he podido mirar. Me diste la energía, fortaleza y paz que sólo tus árboles pueden brindar.

De regreso a casa, en tus faldas se notaba algo de neblina fría y gris; pero al volver a verte, mientas nos alejábamos, inmediatamente acude a mi mente el verso de Alfredo Espino:

"Bajo un jardín de celajes,
al verte estuve creyendo
que ya el sol se estaba hundiendo
adentro de tus ramajes..."


Queridos(as) hermanos(as); amigos(as): ¡que todos tengan días llenos de amor y amistad! Pero, cuando por alguna razón sintamos que no tenemos tanto amor o amistad como queremos, regalémonos un retorno a algún lugar que nos permita volver a vivir todo lo bello que la naturaleza contiene.



Maribel Sánchez
maribel_pixelescuscatlecos@saltel.net












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