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Honores recibidos  


"Pasa un marzo… otro marzo… Incansable la vida
sus andares prolonga sobre el hilo del tiempo.
Quema el fuego la zarza, moja el agua las eras,
y el recóndito signo se hace luz en silencio".


   Abuela amada.

A
buela amada: estos son versos míos. Porque fruteció en palabra todo aquel buen amor con que usted me amparó cuando aún era niño. ¿Cómo iba usted a pensar que las rimas atroces de Picadillo, los cuentos desaforados de la María Lionsa, y las historias clásicas que leíamos juntos en aquellas largas tardes de verano iban a dibujar los trazos mayores del mejor mundo en que he podido vivir?

Usted dejó estos días en una tarde de marzo. Cuando las cigarras empezaban a afinar sus agudas sordinas. Cuando los pesares de la Semana Mayor no alcanzaban aún sus más intensos tremores. Cuando mayo distaba con sus aguas y sus flores a la Virgen. Cuando junio no se alzaba todavía con sus rezos al Corazón de Jesús.

Por eso amo tanto este tiempo. Por eso me acerco a él con la suave ternura de quien ha amado mucho y de quien ha recibido mucho amor. Por eso procuro ir por él con la frente serena del que también conoce el sufrimiento. Por eso desde hace muchos años, con mi hijo -que refunfuñaba cuando pequeño, porque se fastidiaba a muerte- he ido siempre a los oficios de estos días. Ha sido como estar con usted. Como sentirla cerca: con sus medias de color carne, su rebozo delgado y oloroso, y sus vestidos de flores grises. Con su eterno rabiar lleno de amores. Ha sido como ir entre usted y mi nana, protegido por las mudas plegarias con que en las viejas procesiones las dos rogaban por mí.

¡Qué hermoso era aquel tiempo! ¡Qué tardes tan llenas de torrejas y de otras mieles gloriosas! ¿Por qué no podemos tener para siempre lo que amamos? ¡Se debería proscribir la muerte! Es una herida imposible de sanar, a pesar de los bálsamos que intenta prodigarnos la esperanza.

Hoy es marzo, y casi abril. Estoy en el banco de un parque, como cuando usted y yo nos sentábamos a esperar la ida de la tarde. Mi hijo lee. A ratos levanta los ojos y me mira con profundidad, como queriendo mitigar mi enorme nostalgia. Ya sabe de dónde viene esta mirada que se pierde en el recuerdo. Y comprende. Y calla. Y solo levanta otra vez, para observar al Cristo que va en andarillas de madera sobre una calle de piedras. La gente corre a las esquinas. Y con la gente, el alma se me vuelve a las esquinas aquellas a las que usted, mi nana y yo acudíamos para mirar y admirar los ingenuos "encuentros" de entonces.

No he podido desprenderme nunca de la magia de estos días. Y es bueno que así haya sido. He podido conservar algo del niño de aquel tiempo, para mirar con otros ojos estos días aciagos y diferentes. ¡Es tan hermoso vivir! Pero a veces nos obstinamos en ponerle a la vida más dolor del que ya traen las separaciones y otras cruces inesperadas.

¡Qué bueno fue tenerla, abuela! ¡Y qué bueno es llevarla en el recuerdo! De allí viene esta fuerza irrefrenable para ser, para vivir, y para amar. Y es que ese es, quizás, el movimiento más radical del alma: ampararse en el fulgor de un antiguo verano, para alzar la canción interior y vivir en contento nuestro pequeño día de cigarras.


Coordinación: Licda. Roxana Sánchez Molina
roxana_pixelescuscatlecos@saltel.net
Fotos: Licda. Roxana Sánchez Molina
roxana_pixelescuscatlecos@saltel.net



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