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Y

a está. Quítense diay!


El caldo había perdido el primerizo tono ambarino. Poco a poco comenzó a


Fotos: Sara Rocío Sánchez Rodríguez.
obscurecerse. El hervor era ahora parejo, bien nutrido. La burbuja de la ampolla se elevaba apenas, sin estallar. La espuma, que en pequeños círculos se condensaba en el centro del perolón, era clara. A los bordes, la orla tenía un tono de caramelo. El caldo estaba en agua-miel. Justo había dejado a un lado el fumillón y empuñado la pacaya, cuyo tarro, amarrado al extremo del palo, no estaba cribado. La introducía hasta bien dentro, y sacándola, chorreante, la vaciaba desde lo alto. El hervor era ahora a borbollones. Subía a cada instante, amenazando desbordar, a pesar de que el nivel del contenido había bajado casi a la mitad. A fuerza de pacayazos, justo lograba contener tal ímpetu, y el líquido, dominado al fin, se quedaba quieto, por un instante, en el fondo del perol, gruñendo sordamente, como si refunfuñara. Era como una protesta ante aquella imposición.

La miel en seguida pasó por el punto de miel de mesa, de miel de dedo, y cuando llegó al punto de batido, el puntero gritó, sin dejar de pacayar: - "¡Trompis! Tré los trastes".

Los trastes para fabricar batidos, estaban listos, recién humedecidos. En cada uno de ellos, Justo fue vaciando la miel necesaria. Así que concluyó la operación, dejó la pacaya cruzada sobre el poyo para que escurriese. La miel del perolón se había quedado quieta. El hervor apenas se sentía. Justo tomó uno de los trastes, y echando mano de una paleta, comenzó a batir. Alrededor suyo, los vecinos, en enjambre, reían, charlaban. Alguna broma hacía reventar las risas, y ruborizarse, hasta donde les era dable, a las mujeres. Porque de todo había allí congregado: viejos, jóvenes, viejas, muchachas, niños. Todo el mundo acudía a la finca del valle en que se verificaba la molienda, por lejos que estuviera.

Cuando comenzaba a chirriar el trapiche, iban apareciendo. Primeramente, uno, dos; solos, bostezando y tiritando, friolentos, a pesar de ir envueltos en sus cobijas. Luego acudían por parejas. Al amanecer, era una romería la que invadía el patio. Pero todos ayudaban en algo. Quién iba, siempre que se lo pidieran, a echarles brazadas de cogollo a los bueyes recién desuncidos, y a los que esperaban su tarea; quiénes ayudaban a tender sobre los escobíllales, al pleno sol, los bagazos húmedos para secarlos; quién iba a acarrear agua a la pileta del cercano platanar. Pero eso sí, se juzgaban con derecho a chupar toda la caña que les viniese en gana; a comerse el vicio, a chupar la espuma, a lamber los chorretes de miel, que quedaban pegados a las pelotas; a galguear las lágrimas de los batidos, los calientes pegotes de las tapas en los moldes acabados de vaciar.

-"Trel anís y la canela. ¡Ah! Y mira si hallas unas cascaritas de limón".

Era el aderezo consiguiente de los batidos. Después de espolvorear con las solicitadas especias la masa que iba endureciéndose, con una hábil maniobra de paleta, la enrolló, y levantándola con destreza suma, la fue acolochando, hasta dejarla plantada, con las formas clásicas de los batidos. En seguida, tomó otro. El resto fue obra de la colaboración de los espumeros; pero siempre bajo el ojo escrutador de Justo"…

Tomado de: La Molienda. De "El Libro Del Trópico" de Arturo Ambrogi (1875-1936), colección Trigueros de León, Volumen # 10, Dirección de Publicaciones e Impresos CONCULTURA.

Fotos: Sara Rocío Sánchez Rodríguez.
rocio_pixelescuscatlecos@hotmail.com



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