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Vivenciando lo nuestro

Nerón…

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Allá, lejos, por el lado del pueblo, se comenzó a oír un gran concierto de ladridos. Nerón, que se disponía a descabezar un sueño, paró la oreja y se puso a escuchar cómo el rumor se acercaba. Poco a poco fue distinguiendo las voces de muchos perros, graves unas, las otras agudas, todas enfurecidas. Entre ellas se destacaba con toda claridad un chillido agudo, áspero, estridente, algo así como el alarido de una prima donna acatarrada, amplificado por un magnavoz de los malos.


Nerón sintió picada su curiosidad, y en el supuesto de que después le sobraría tiempo para dormir, salió a la carrera para, ante todo, conocer la causa de aquella molotera.

No tardó mucho en ver aparecer a lo lejos una veintena de perros de todos tamaños, pelajes y cataduras, que se habían aliado para fastidiar a un marrano.

Allá venía a todo correr, acosado por sus gratuitos perseguidores, defendiéndose como Dios le daba a entender, a dentelladas y trompazos, sin dejar por ello un momento de protestar a grito pelado por tan incalificable agresión. Por momentos, se veía algún perro dar una voltereta en el aire, impulsado a lo alto por la catapulta que le servía al marrano de cabeza; pero más tardaba en caer que en volver al ataque con mayores bríos.

Por una causa o por otra. Nerón no gustaba de intimar demasiado con los demás perros. Apenas si sus relaciones con ellos se reducían a olerles por debajo de la cola, y a dejarse oler cuando el caso era llegado; pero en la presente ocasión se sintió solidario con sus congéneres y, sin ponerse a considerar que el chancho no tenía la culpa de haber nacido tan feo, decidió sin más ni más tomar en el asunto una intervención que ingenuamente se imaginó sería decisiva: se prometió acogotar al marrano sin darle tiempo para defenderse, tal como otrora hiciera con el oso, con éxito tan feliz. Una vez inmovilizado el paquidermo, nada les costaría a sus perseguidores hacer con él lo que les viniera en gana.

Las intenciones no podían ser mejores, ¡qué duda cabe!, y los arrestos de Nerón para darles cima, nadie osará negarlos; pero hubo un pequeño inconveniente: que el tunco dispuso las cosas de otro modo. No se arredró al ver aquel nuevo enemigo que se le venía encima; antes bien, le salió al encuentro, le metió la catapulta por debajo de las costillas y lo lanzó dando vueltas de gato por los aires.

No conforme con eso, ya reintegrado Nerón al duro suelo, le pasó por encima incrustándole las pezuñas en el pellejo. Después fueron los perros quienes, sin una miaja de agradecimiento por su desinteresado concurso, y más atentos a que el chancho no se les escapara que a cualquier otra cosa, se lo llevaron entre las patas y lo revolcaron en el polvo de lo lindo.

Cuando al fin pudo ponerse en pie, tenía todas las cavidades naturales llenas de tierra, y la que se le había metido en las narices le arrancaba unos estornudos que partían el alma.

A fuerza de estregones con las manos, se logró medio limpiar los ojos. Cuando los llegó a abrir, ni el marrano ni los perros aparecían por todo aquello, y si no fuera por la bulla que seguían armando, se les hubiera creído a mil leguas de distancia.

Total: que la desdichada aventura había resultado un fracaso irremediable. Un fracaso de los gordos. Nerón estaba corrido y sentía la necesidad de hacer algo para disimularlo. No hallaba qué escoger entre rascar tierra, ladrar u orinarse en un poste de telégrafo.

Pensándolo despacio optó por lo último. Y yo opino que estuvo en lo justo. Cualquier otra cosa habría sido dar al cochino una importancia que estaba muy lejos de tener".

Tomado del libro: Andanzas y malandanzas. De Alberto Rivas Bonilla (1891-1985), Biblioteca Básica de Literatura Salvadoreña, Volumen # 12, Dirección de Publicaciones e Impresos CONCULTURA.

Por: Rhina Calderón
rgcvalle@gmail.com


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