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Retornar…

A
lo largo de nuestra vida, siempre vamos a tener vivencias. Espero que ésta que le traslado le agrade. Y con un poco de suerte quizá se identifique conmigo:

Las voces infantiles rompen en el parque el silencio de la tarde canturreando una vieja y clásica canción infantil que dice así:

Allá en la fuente había un chorrito,
se hacía grandote, se hacía chiquito,
estaba de mal humor…
pobre chorrito tenía calor!!!

¿Qué melodía es esta, querenciosa, que habita desde niño en nuestro oído? Canciones eternas, de ayer y hoy, que nunca envejecen. ¿Es que estamos siempre viviendo en el ayer?

Está el mismo parque, sencillo como entonces, pero conservando su belleza. Con su eterno murmullo la voz del viento no tiene edad, borra las fechas. Nada le dices al extraño pasajero, pero para mí, que nací a tu lado, guardas un caudal de valiosos recuerdos.

El tiempo nos trastorna los sentidos y nos embriaga y domina, pero en el reducto de nuestra memoria permanecen, como en un transparente faro, las figuras y el escenario que conformaron nuestro pasado.

Los niños corren y saltan persiguiéndose infatigables, como esa bandada de palomas que llenan el espacio con sus vuelos trenzado filigranas que se deshacen en el aire.

También nosotros tuvimos infancia, proyectos e ilusiones. Hace muchos años nos fuimos a conocer países lejanos, y ahora, por este mismo sendero que nos vio partir volvemos a nuestra tierra en viaje de retorno.

Un aura de tranquilidad nos invade; en éste parque pueblerino nos sentimos en nuestro hogar, nunca nos faltará un banco amigo para descansar nuestras fatigadas piernas, y unos cuantos niños que nos alegrarán con sus canciones que no hemos olvidado. Los niños interrumpen sus juegos y vienen a rodearme, llenos de curiosidad, y con ese tuteo tan simpático a su edad me preguntan:
- ¿Tú no eres de aquí, verdad? -

Y es muy difícil para mí darles una respuesta adecuada.

- Sí, queridos jovencitos; yo soy paisano de ustedes. He nacido aquí y en este mismo parque he jugado con mis amigos, como lo hacen ustedes ahora.

Y los niños se ríen imaginando la imposible escena, y se pierden otra vez por los senderos del parque.

Va cayendo la tarde. Es la hora del crepúsculo. El sol inicia una lenta despedida: acaricia la copa de los árboles, se filtra, travieso, entre las ramas como una espada de oro.

Continúo observando desde mi banco, como los niños se alejan cantando. Las luces del parque empiezan a encenderse. En mi interior siento un gran regocijo: ¡que hermoso es retornar al lugar que te vio nacer! Que esta ahí y que pese a la modernización parece haber combatido el paso del tiempo.

 

Artículo: Maribel Sánchez.
luzcecitas@yahoo.com
Fotos: Sara Rocío Sánchez Rodríguez
rocio_pixelescuscatlecos@hotmail.com


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