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Trabajando la tierraAzul pintado de azul
Serie Perfiles
Don Francisco Andrés Escobar


"Federico, para servirle. Tengo casi sesenta y nueve años, soy pensionado y viudo. Me jubilé a los sesenta. La Idalia, mi señora, murió de cáncer hace cuatro. Mis hijos solo son tres, porque al menor me lo mataron en la guerra. El mayor, Miguel, vive en Canadá. La que le sigue, Albertina, se fue a Australia cuando empezaban las bullas. El otro, Mauricio, tiene un su negocito aquí; y con él me he ido a vivir para no estar tan íngrimo. Tengo mi pensión, y los hijos me mandan centavos. ¡Pero viera que perder a la mujer no es cosa fácil! No por los oficios de la casa, que eso es lo de menos; sino por aquello de la compañía. Fuimos casados más de veinticinco años, porque antes así era: si uno se casaba era para siempre. No como ahora, que la muchachada solo al puyón va ¡y a la calle!

Fuimos gente del campo. No éramos ricos, no éramos pobres; pero sí monteses. "¡Dejá el tufo a monte!", le gritaban a uno en el pueblo; y hasta las greñas se le paraban a uno, de cólera. Mi abuelo, --el papá de mi mamá- tenía un su terrenito algo grande. Allí crecimos: mis dos hermanas mayores --que Dios en gloria las tenga-, mi hermano menor, y yo. ¡Viera qué bonito se vivía entonces! Es cierto que a uno le daban su chorejeada, o su par de cinchazos, o lo hincaban sobre granos de maíz, cuando hacía alguna maldad. Pero se vivía bien. En paz. Mi abuelo tuvo que hacer de papá, porque mi verdadero padre se desbarrancó de una bestia y se desnucó, una vez que venía de arrear el ganado.

Pues le decía que aquello sí era vida. Mire: por estos días de vacaciones, el cielo amanecía azulito. ¡Y aquellos vientos! Trabajábamos, porque antes los cipotes echábamos reata, a la par de los viejos. No como hoy que ni a barrer se puede poner a un bicho. ¡porque ya se le están 'conculcando sus derechos'! trabajábamos toda la mañana --que aguar a los animales, que desgranar el maíz, que rajar leña-, pero en la tarde nos dábamos gusto. Primero, a bañarnos en las pozas de un río. Después, a galguear jícamas, jocotes y otras chuchadas. Y cuando ya el sol estaba bajito, ¡a encaramarnos en unas lomas, a encumbrar piscuchas! En la noche, a contar cuentos bajo aquel cielo ¡así de estrellas! Hoy, usted mira para arriba y, con tanta humazón, no distingue ni los azacuanes.

Yo soy contador. Antes había 'teneduría de libros' y 'contabilidad'. Terminado el 'plan básico', me vine a la capital, a la casa de una hermana de mi mamá, y me matriculé en la mejor escuela de comercio de entonces. ¡Allí sí se sabía lo que era estudiar! Había unos profesores bien templados que no le dejaban pasar nada a uno. Allí no se podía andar con que 'Se me arruinó el 'contómetro', así que le voy a traer el deber mañana'. ¡Campas! Los deberes ¡se hacían o se hacían! Hoy, en muchos colegios hay maestros orejones que gracias a Dios dan de que los monos no hagan nada, para no tener que calificar. Con los años, también hice mi examen de contador público certificado, ¡y lo pasé!"

Se desacomoda los lentes y prolonga sus palabras. Por el banco del parque, en el que gasta horas leyendo todos los diarios, van pasando los recuerdos. El más luminoso es el del verano cuando se casó con la que fuera su compañera de juegos infantiles. "¡Nunca quise a nadie más que a la Idalia!" Y sobre la tersura de la tarde, la mirada se le pone más buena, más interior, más triste.



Licda. Roxana Sánchez Molina
roxana_pixelescuscatlecos@saltel.net












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